13 marzo, 2011

Hoy he visitado tu tumba. Ver tu foto encuadrada, y junto a ellas las letras que ponen tu nombre, omitiendo las tildes que te merecías. Observar al lado mi poesía, que ahora y siempre será tuya, pues casi tuyo es todo lo que tengo.

Hoy he visitado tu tumba, pidiendo audiencia a los recuerdos. Soy gran parte lo que eras: obstinado, protestón, luchador… Y ahora también soy gran parte de lo que tú no eras: el elemento solitario de la pareja que formábamos, la nieta sin abuelo.

Hoy he visitado tu tumba, y no sé por qué lo hice. Reconozco que no fue por visitarte, ni por contentar a nadie (como, en ocasiones, sabes que hago), ni tan siquiera fue por un hábito que no establezco, ni porque lo necesitaras.

Hoy he visitado tu tumba. Sentí el impulso de destrozarla, mientras otros comprobaban cómo estaba todo colocado, limpio, impoluto. Sentí el impulso de romper aquello que me impedía estar junto a ti, y contemplar aquella sonrisa que tan solo tú me regalabas, y oír la voz con la que tú tan solo me llamabas, y me cantabas, y me aconsejabas.

Hoy he visitado tu tumba. Se me enturbió la mirada, se me empañaron los ojos. Noté la impotencia que me causa tu ausencia, porque supe que no estabas allí. Tú no eras carne, ni huesos, ni órganos, ni músculos. Tú no eras ni imagen, ni fotografía, ni nombre, ni letras. No te gustaban las flores, ni las visitas serias. Tú no estabas allí, y no te he visitado.

Por ello te escribo ahora, sentada en la mesa donde tú lo hacías, donde me escribiste los versos más bonitos del mundo, donde me dejaste la esencia de lo que verdaderamente eras. Lloraste por mí hasta el último momento, pero también sonreíste cuando yo te sonreía.

Han pasado casi tres meses, y hoy he visitado tu tumba. Créeme, yo te tengo guardo en lugar mucho más importante, más colorido, y mucho más gratificante. Créeme, digan lo que digan, estoy segura de que te quiero.

15 febrero, 2011

La ley estatal

(...) Debía entrar. La mujer se encontraba apoyada en la pared al final del pasillo. Piel morena, cabello ondulado aun más oscuro, ojos grandes y achinados.

- Hola- dijo Natha-. Perdona el retraso.

Tan solo se trataba de cinco minutos pero él era un obseso de la puntualidad, un cumplidor en su trabajo.

- No te preocupes- y añadió:- la noche es larga.

Había escuchado cientos de frases, miles de respuestas; pero ninguna como aquella. “La noche es larga”, había dicho. Y, ¿para qué una noche larga?

Natha conocía demasiado bien el procedimiento, mas aquí había algo distinto. Siempre tuvo que ser él quien hiciera caer a la mujer sobre la cama, quien le quitara la ropa, quien le besara el cuello -rodeándolo, como algo mecánico-, quien la excitara. En ocasiones, había tenido que consolarlas. Ocurría cuando lloraban temerosas, sobrepasadas por el miedo, por no saber qué hacer cuando él les bajaba con cuidado sus bragas. Temblaban por la reacción del cuerpo ante lo desconocido, por la ansiedad y por la ignorancia. Tiritaban sin frío. Vibraban sus piernas, sus brazos, su vientre. Palpitaban; pero lo hacían por el pánico, por la duda. Jamás por el deseo, por la pasión, por la fogosidad reprimida o el ímpetu humano que, si bien natural, les era desconocido.

No comprendía aquella absurda ley estatal que, personalmente, le estaba propiciando beneficios; pero que hacía sentirse ultrajadas, humilladas, manipuladas… a todas las mujeres que, aún vírgenes, lo llamaban, justo antes de su matrimonio, retrasando el momento.

- ¿A qué esperas?- preguntó Soledad mirándolo fijamente.

No esperaba, porque era consciente de que no tenía sentido hacerlo. Pero pensaba, no lo podía evitar. Llevaba dos semanas haciéndolo cada vez que debía comenzar el trabajo, en cada ocasión que había de utilizar su miembro viril sobre un cuerpo femenino, más o menos agraciado, pero que no era el de ella.

Se tumbó al lado de la mujer creando una simetría imperfecta pero necesaria. La miró, pero en realidad no la miraba. La besó. Pero, ciertamente, no la besaba. La acarició. Pero, verdaderamente, no la acariciaba. Como el peluquero que realiza el corte sin fijarse en los perfiles de la cara. Como el sastre que cose el traje sin tomar medidas. Como el guitarrista que toca sin afinar las cuerdas de su instrumento. Todo lo hacía sin pasión, sin amor a su oficio; curiosamente, la profesión que más amor necesitaba.

Ya bastaba. Pasó de los preliminares. Superpuso su cuerpo al de la mujer. Encontró el punto de apoyo sobre sus rodillas y sus manos, cerradas en puño sobre el colchón de la cama. La besó. Volvió a besarla. Sintió las manos de la mujer ascender por sus piernas flexionadas, llegó a sus nalgas.

- Lo siento, me voy- dijo Natha, saltando de la cama y deshaciéndose de las suaves manos que le tocaban.

Le había vuelto a ocurrir. No había sido capaz de olvidarla. (...)

24 enero, 2011

Soneto desesperado

No derramaré lágrimas por ti

por no empapar la muerte con heridas,

tan hondas e insondables que a tu vida

ahoguen, y la deje de sentir.


No rezaré ni adoraré sin fin

a dioses que vaguean en sus guaridas

recónditas, etéreas y fingidas,

y se olvidan de ti y también de mí.


No me pidas que diga adiós, abuelo,

cuando dejarte es dejarme de querer

y matarte es notar que yo me muero.


No creeré ni en la Tierra ni en el Cielo

mas por ti lucharé y te cantaré

demostrando lo mucho que te quiero.

23 diciembre, 2010

Amnésico despertar.

Muerte que llegas, punzante,
mordaz, hiriente, penosa,
Muerte de vida acuciante,
inexcusable y forzosa.

Muerte que mata las penas,
Muerte que alivia el dolor,
Muerte que juzga y condena
a pordiosero y señor.

Muerte que justa naciste,
Muerte, ante todo, imparcial;
roja es la ropa que vistes,
digna, benigna, legal.

Muerte, intachable y humana,
de ateo paso mas real,
justiciera, fiel, mundana,
equitativa, leal.

¡Ay, Muerte! Sombra invisible
visible en todo lugar,
maquinal e irreversible,
de amnésico despertar.


02 diciembre, 2010

Coste de oportunidad

Leer un libro,

tomar un café solo con un amigo,

pensar sobre las injusticias,

crear sueños.

Aprender Historia,

visitar un museo,

recorrer la calle Trapería bajo las estrellas y al compás de un acordeón.

Buscar la definición del amor,

tocar las cuerdas de una guitarra,

erizárseme el vello con una buena poesía,

exaltar los sentimientos que despiertan unas bulerías de Paco de Lucía,

o el piano de Yann Tiersen,

o una composición de Tchaikovsky.

Copiar estilos de los buenos,

de Saramago, de Miguel Hernández, de Benedetti…

Agradecer luchas históricas o batallas diarias,

dar las gracias – pero no a Dios-.

Saborear una deliciosa onza de chocolate.

Analizar discursos de grandes oradores o mentiras de bobalicones charlatens.

Corregir mis faltas de ortografía.

Mirarme en el espejo.

Intentar que no me engañen,

informarme.

Observar exquisitas escenas de cine.

Ser algo menos inculta.

Regalar, echar una mano.

Ser feliz…


Y, sin embargo, aquí estoy:

anclada en esquemas,

postrada en apuntes,

adaptándome a normas,

renunciando a mis criterios sobre la importancia,

memorizando nimiedades,

alejándome de lo significativo,

respondiendo al sistema…


Números y cifras,

apto y no apto,

cesura de la inquietud,

grieta de la rebeldía,

ruptura del progreso,

lamento de la utopía…


Dejar de ser feliz,

un elevado coste de oportunidad.

27 noviembre, 2010

Un mendigo asaltado sin propiedad

Como de tus ojos, esa marchita azucena,

como de tus manos, aquella alfombra rugosa,

como de tu ruin beso, aquel sabor agridulce,

como de tus palabras, los manidos tabúes,

como de tu canción, el compás desafinado,

como de tu vida, un amnésico retazo,

como de mi vida,

amor, como de mi vida,

un mendigo asaltado sin propiedad.

11 noviembre, 2010

Suena nuestra libertad.

Suenan canciones calladas,
suenan himnos silenciosos,
suenan palabras truncadas,
suenan cantos temerosos.

Suenan versos censurados,
suenan disputas perdidas,
suenan genios mutilados,
suena la idea enmudecida.

Suena el mundo sigiloso,
suena la muda verdad,
suena el combate glorioso,
suena nuestra libertad.