30 agosto, 2011

Difíciles combinaciones.


Siéntate a mi lado
al subirte al tren.
Recita un poema;
mírame, sonríe...
Y ahora,
ahora...
bésame.

27 agosto, 2011

Desconocidos.

Mamá siempre me dijo que había que tener cuidado con los desconocidos. Aún recuerdo la primera vez que me transmitió esa idea.

Era domingo y fuimos al parque junto a papá. Por entonces, yo debía de tener unos dos años; y quería saberlo todo a toda costa, como si el tiempo se me acabara ahí mismo. Me encantaba sentarme en zonas de tierra, las que se libraban del césped artificial del parque del que era mi pueblo; y juguetear con los “bichos” que deambulaban por aquella tierra: buscar sus ojos, ponerlos con las patas hacia arriba, contar sus alas, encontrar diferencias...

Cada uno, según papá, tenía su nombre, ¡y algunos dos!. Por poner un ejemplo, la hormiga, aparte de llamarse hormiga, se llamaba insecto; e insecto era casi todo... ¡y todos eran “bichos”! Pensaba, en aquellos años, que era excesiva la riqueza lingüística del español; como excesivos eran los conocimientos de mi padre sobre Biología. Fue ahí cuando mi madre me dijo: “no le toques a lo que no conozcas”.

Yo ya sabía bien lo que era una hormiga, un escarabajo, una avispa... pero había de otros cientos que no tenía ni la más remota idea de cómo se llamaban. Por eso, cada vez que iba al parque, preguntaba a papá el nombre de cada uno de los simpáticos “bichos” que aparecían. Mi intención estaba clara: conocerlos todos para poder tocarlos sin desafiar a mi madre, y llevar a cabo la habitual inspección.

Aun así, como decía mi madre, había que tener cuidado con los desconocidos, pues nunca se sabía.

No me fascinaba ir al colegio porque me idea de colegio quedaba totalmente relacionada con el montón de libros que siempre portaba mi hermana. Y yo, que tenía tantas y tantas cosas más importantes que hacer, no estaba dispuesta a pasar por ahí. Mi madre me animaba diciéndome que allí podría hacer montones de amigos. En mi ingenuidad, me preguntaba si aquellos ya no eran desconocidos, como los “bichos” del parque; pero, desde luego, mi madre habría de tener razón porque la única conocida era doña Clara, la maestra, y con ella no era posible ningún tipo de amistad.

Conforme transcurrían los años, mi madre se preocupa progresivamente. En cierta ocasión, la escuché comentar con una amiga su inquietud por mi comportamiento. En plena adolescencia, pasaba las tardes y las noches en mi cuarto, encerrada. Mi madre pensaba que mucho tenía que ver la reclusión con las redes sociales que aparecían en la pantalla del ordenador. Y en ellas -me recordaba cada vez que existía la posibilidad- había demasiados desconocidos. Sin embargo, aquello poco me importaba.

Yo vivía para leer, releer y volver a leer. Por la época en que tenía quince años, mi ídolo era Kafka. Tanto, que llegué a convertirlo en parte de mi propia existencia cuando cada noche, antes de caer en un sueño profundo que se me repetía incansablemente, imaginaba que a la mañana siguiente me habría transformado en un insecto, con patas y alas, y que sería una verdadera desconocida. Lo que estaba claro es que los libros no me podían morder, ni engañar (salvo que yo misma quisiera), ni hacerme daño. Así que, en aquel momento, me parecía una respuesta acertada frente a la infinitud de adversidades que existían más allá de los umbrales de la puerta de mi habitación.

Un año más tarde, a los dieciséis, apareció en mi vida Pablo. Le conocí de casualidad, en la consulta del dentista al que visitaba mensualmente para reparar aquellos torcidos dientes que caracterizaban a toda mi familia. No tenía por costumbre establecer relaciones gratuitamente, pero recuerdo que, a la espera de la llamada de aquella poco agradable enfermera con quien contaba el dentista, cruzamos alguna palabra. Al levantarse de su asiento cuando llegó su turno, a Pablo le cayeron del bolsillo un par de monedas que aterrizaron en el suelo; una de las cuales, rindiendo honor a su forma, rodó hasta mis pies. Observé la moneda, miré a Pablo y, seguidamente, hacia el frente. Entonces sacándome de aquel desentendimiento en el que yo misma había decido entrar, Pablo se acercó diciéndome: “¡Hola, soy Pablo! ¿Te importaría darme mi moneda?”.

Y en aquello que tenía el aspecto de ser tan absurdo, encontré tres palabras mágicas: “Hola, soy Pablo”, me dijo. Nadie hasta entonces me había saludado señalando su nombre sin antes preguntar el mío. Curiosamente, se parecía mucho a mi padre: en sus ojos verdes grisáceos, su pelo marrón anillado, y hasta en su forma de andar o de mirar.

Comencé allí la única relación sentimental de mi adolescencia que durará prácticamente hasta hoy que aún rememoro aquel Pablo educado, atrevido y directo en mis peores días.

Iba al cine de verano en su compañía, tomábamos un helado: él su tarrina de stracciattela, que representaba la novedad; y yo, cómo no, mi clásico limón granizado por no arriesgar en novedades.

Paseábamos a la orilla del mar cuando conseguía traspasar los controles injustificados de mi madre; y jugábamos a imaginar qué había más allá, apostando cada cual por aquello con lo que cada cual soñaba: una isla de las golosinas que aún nos encantaban, o un mundo perfecto. (...)

04 agosto, 2011

Acentos.




Dame esa tilde

escapada de la atonalidad de estos tiempos

átonos – y atómicos-,

donde no se escribe en esdrújulas

por miedo a adelantarse

de aquellos que, aun hoy,

sin tildes,

zanganean en atontada armonía

de pentagramas no quebrados

ni en notas agudas.


Dame también ese punto

necesario a aquella áurea consigna

del mundo,

que anotaron y publicaron

con la tinta de de la reticencia

en eterna elipsis retenida

- por aristocráticos resabios,

y verdades insatisfechas-.


Y yo te daré mi último vocativo

para que, cuando encuentres

esa tilde y ese punto,

y puedas gritar alto

sobre la atónica atonía de las verdades insatisfechas,

sepas llamarme...

y, tras el punto y aparte,

pongamos nuestra coma.