18 abril, 2011

Cuestión de género.


Hemos avanzado mucho y en no mucho tiempo. Hoy por hoy, las mujeres somos personas independientes con derechos sobre nuestras propiedades, posibilidad de voto y de ocupación de cargos políticos. Las mujeres estudiamos, nos formamos y somos capaces –gracias a ello- a acceder a puestos profesionalmente prestigiosos. Las mujeres pedimos el divorcio, trabajamos fuera de casa, salimos (aun casadas) con nuestras amigas. Y no nos sentimos culpables, ni distintas. O, al menos, algunas de nosotras.

No obstante, yace todavía en nuestra sociedad un trasfondo difícilmente eliminable. Trasfondo naturalmente incomprensible, pero históricamente razonable. Y es que pesan mucho sobre nuestras espaldas los siglos de androcentrismo firme y rígido que se han desarrollado antes de que la Historia fuese Historia – y haciéndolo-.

Explicar por qué el mundo es androcéntrico es algo que, por distintas vertientes, se ha intentado llevar a cabo apuntando a la supuesta mayor fortaleza física del varón o la debilidad sentimental de la mujer, por poner algún ejemplo. Cierto es que, desde ese punto de vista, incluso yo podría comprender ciertos repartos de tareas que, explicados desde la Psicología, serían capaces de apoyarse en algo con fundamento. La Psicología (mediante estudios) ha señalado que el hombre destaca en habilidades distintas a las habilidades en las que destaca la mujer. Por ejemplo, los varones controlan mejor ciertas tareas espaciales y la mayor parte de razonamientos matemáticos, mientras que las mujeres poseen más fluidez verbal y velocidad en la percepción. Es un hecho.

Sin embargo, afirmar que la división por sexos (o mejor, por géneros) se sustenta en razones exclusivamente biológico-genéticas es condenarnos a aceptar la situación actual y, consecuentemente, toda la serie de desigualdades que lleva implícitas.

Ciertamente, no son las explicaciones psicológicas lo que más influye en la concepción actual. Es más fuerte el sentido de la educación recibida (formal o no) y que acaba moldeando las que son nuestras acciones.

El estudio sobre esa desigualdad, que es una realidad que nos absorbe, no parece encontrar el final, puesto que un buen estudio debería tener también una parte pragmática y utilitaria significativa, cosa ésta que no acaba de hacerse patente. Los cambios porcentuales en la ocupación de cargos importantes continúan siendo ridículos y, lo que es aun más peligroso, los hábitos y los comportamientos (mucho más cualitativos que cuantitativos) siguen inclinándose, negativamente, hacia el lado de la mujer. Todos (hombres y mujeres) acabamos respondiendo a un sentir general que no es ahora cuando se ha creado pero prosigue siendo cosa de estos tiempos.

Según Ferguson (2003), “Juliet Mitchell (1974) fue posiblemente la primera teórica feminista de la “segunda ola” del movimiento de mujeres que realizó una relectura del psicoanálisis como teoría de la construcción social del género en el seno de la institución de la familia patriarcal”. La teoría de esta mujer nace de una interpretación de Freud pasada por el influjo de Lacan. Así, “Según esta teoría, todos los niños y niñas deben acceder al lenguaje a través de la crisis del complejo de Edipo, tras la cual el género califica necesariamente la subjetividad de los humanos como masculina o femenina. Se presupone que quienes ocupan la posición masculina poseen el falo, el cual les asigna simbólicamente un estatus privilegiado en la atribución de significado”. Indudablemente, a partir de una división sexual, se crea una división de género aun más aguda.

Lo que también debería ser obvio -y no lo suele ser- es que la división que se produce es para ambos; es decir, los dos géneros quedan separados y estereotipados. Ello significa que no tan solo afecta al femenino sino también al género masculino. “Los chicos no lloran” y quieren hacerlo, en ocasiones.

Según Del Amo (2009) “cuando todavía no se ha cumplido un siglo desde que la Real Orden de 8 de marzo de 1910 reconoció el derecho de las españolas que deseaban cursar estudios universitarios a matricularse libremente en todos los centros de enseñanza oficial, las mujeres representan hoy más de la mitad de los estudiantes universitarios y suponen el 60,9% de los graduados”. Es un dato importante y positivo. No obstante, hay que mirar mucho más allá, en la ocupación futura de esas mujeres, en las carreras escogidas, y en el reconocimiento al desempeño profesional.

Hace no tantos años Pilar Primo de Rivera, mujer machista donde las haya y creadora de Sección Femenina de la Falange Española, se atrevió a afirmar que "Las mujeres nunca descubren nada; les falta, desde luego, el talento creador, reservado por Dios para inteligencias varoniles; nosotras no podemos hacer nada más que interpretar, mejor o peor, lo que los hombres nos dan hecho".
Luchar contra esa lastra que mujeres como éstas han ido haciendo perpetuar no es sencillo, desde luego, cuando nuestros bisabuelos fueron coetáneos a tan espléndida generación. Sin embargo, puede servir de impulso para aunar las fuerzas, y para constatar lo irracional del machismo y las formas de pensamiento, aún androcéntricas, que perviven en nuestra sociedad.

Porque luego surgen otros asuntos con el paso del tiempo; o resurgen, siendo correctos con el lenguaje. La homosexualidad rompe barreras y, claro, a ver dónde lo encajamos. Ni hombre ni mujer. Ni uno ni otro género. Algo falla. Entonces... por qué no, “anormal”, enfermo. Claro, es que igual lo que falla son los géneros, la construcción artificial. Igual los géneros habrían de ser un pelín más heterogéneos, o no ser, quién sabe.

Es el trabajo pendiente, y no sólo el de la mujer.

Bibliografía:

- Del Amo, M.C. (2009). La educación de las mujeres en España: de la “amiga” a la Universidad. CEE Participación Educativa, 11, 8-22.

- Ferguson, A. (2003). Psicoanálisis y feminismo. Anuario de Psicología, 34 (2), 163-176.