Leer un libro,
tomar un café solo con un amigo,
pensar sobre las injusticias,
crear sueños.
Aprender Historia,
visitar un museo,
recorrer la calle Trapería bajo las estrellas y al compás de un acordeón.
Buscar la definición del amor,
tocar las cuerdas de una guitarra,
erizárseme el vello con una buena poesía,
exaltar los sentimientos que despiertan unas bulerías de Paco de Lucía,
o el piano de Yann Tiersen,
o una composición de Tchaikovsky.
Copiar estilos de los buenos,
de Saramago, de Miguel Hernández, de Benedetti…
Agradecer luchas históricas o batallas diarias,
dar las gracias – pero no a Dios-.
Saborear una deliciosa onza de chocolate.
Analizar discursos de grandes oradores o mentiras de bobalicones charlatens.
Corregir mis faltas de ortografía.
Mirarme en el espejo.
Intentar que no me engañen,
informarme.
Observar exquisitas escenas de cine.
Ser algo menos inculta.
Regalar, echar una mano.
Ser feliz…
Y, sin embargo, aquí estoy:
anclada en esquemas,
postrada en apuntes,
adaptándome a normas,
renunciando a mis criterios sobre la importancia,
memorizando nimiedades,
alejándome de lo significativo,
respondiendo al sistema…
Números y cifras,
apto y no apto,
cesura de la inquietud,
grieta de la rebeldía,
ruptura del progreso,
lamento de la utopía…
Dejar de ser feliz,
un elevado coste de oportunidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario