31 octubre, 2010

Dirección cardíaca


En el incógnito rincón del olvido, se despejan los sueños de los ilusionados, las utopías de los soñadores, las quimeras de los fantasiosos. Hay un umbral invisible que hace visibles las crueles realidades y nítidas las verdades que optamos por disfrazar; ése es el rincón del olvido, la esquina de la carencia. Negarse a sí mismo, a nuestra esencia; ningunear sentimientos, rehusar la existencia de lo doloroso, lo punzante, lo incesante. Optar por divagar, deambular, caminar sin rumbo. El sendero se convirtió en autovía, el paso del caminante se ha obstaculizado; nació la prohibición, la norma, la ley; y mató a la alegría, al instinto, al impulso, a la dirección cardíaca , la homogénea mezcla de lo que sentimos. Leyes y normas son las culpables, convicciones sociales, construcciones humanas (que de humanas no tienen más que el ficticio apelativo). Legalidad y preceptos, reglamentos y legislaciones; cumplidores de nuestras incumplidas emociones. Cada día un poquito más escéptica en realidades y anarquista en ideas.

22 octubre, 2010

Aprendí

Aprendí a no buscar explicación, a dejarme llevar, a creer en el destino, a no renunciar al amor.

Aprendí que no es oro todo lo que reluce pero que es realmente especial el brillo de un metal.

Aprendí que las manos no son para cerrarlas en puño (salvo revolucionario) sino para dejarlas abiertas, para dar y recibir, para cruzarlas con otras manos, generosas y humildes, las tuyas.

Aprendí que el valor de una caricia tiene fecha de caducidad; pero que algunas caricias poseen un sabor tan exclusivo que de poco vale lamentarse por su futuro.

Aprendí que son muchos los que mienten y pocos los que sienten; pero que aún hay extraños, como tú, que piensan y sueñan, y van construyendo sueños a la vez.

Aprendí que me queda mucho por aprender pero que ya supe del acierto de regalar sonrisas gratuitas a los que las merecen.

Aprendí que “mi pasado ya lo cerré, mi futuro no lo conozco pero mi presente eres tú”.

Aprendí a dudar, filósofo, pero no todas las dudas son tan especiales como la tuya.

18 octubre, 2010

De maestros.

(...)Estas Ciencias - en las que son más importantes las interpretaciones que los hechos, los valores que lo puramente conceptual- deben ser un foco de nuestra defensa continua. Queremos ser maestros, educadores en valores, individuos que hagan a otros pensar… y nos encontramos con incontables obstáculos, cada vez mayores, en esta sociedad apática y desentendida, despreocupada, politizada, numérica y tecnológica. Pretendemos enseñarles, pero no sólo datos y hechos, ríos y reyes; sino puntos de vista, contrastes, comparaciones y los criterios para establecerlos. La significación de todo ello dependerá en buena parte de las pequeñas acciones que cada uno de nosotros vayamos realizando, pero no está de más comenzar por valorar las Ciencias Sociales y darle a su Didáctica la importancia que merece.
Como en un artículo de fecha de hoy nos sentencia un Premio Nacional de Literatura (República Dominicana), Internet “por ser juvenil novedad, perjudica a los más ineptos y beneficia a los más capaces. A los tontos, les hace repetir, copiar, pegar e imitar; a los inteligentes, les vuelve más creativos” (Céspedes, 2010). Y así todo lo demás; como no nos ha de caber duda de que no es propicio ser reaccionario, lo que hemos de hacer es –de forma más o menos científica, más o menos subjetiva- aprovechar los cambios para mejorar un poquitín el mundo.

10 octubre, 2010

Me abandonaste


Te recuerdo mirándome a los ojos, fijándote en mí con una especie de admiración que, sin duda, era auténtica. Te acercabas a mi cuerpo, buscando una proximidad que cada uno de nosotros necesitamos, función vital y además hermosa. Echo de menos cuando te sentabas a mi lado, en mis peores días. Yo, sola, postrada en aquel prado que era el nuestro, tirada por el suelo, arrastrada por las penas, pensativa por el instinto ilógico de la ilógica reflexión; y tú, también solitario, aparecías, camino abajo, con paso disonante pero simpatía coordinada. Juntos dejábamos de ser dos almas desoladas en el yermo paisaje para ser capaces de convertirnos en dos mundos enloquecidos que se unen en el sueño de la armonía del amor y de la ternura, de los sentimientos puros, sin máscaras ni arrecifes.

Eras el único que me entendías sin mediar palabra. Sabías permanecer quieto, adornando de solemnidad el paso del tiempo, cuando realmente me era imprescindible parar a pensar. Sabías moverte mucho y muy rápido, acelerando tu gran corazón y a la vez el mío, cuando ciertamente necesitaba un impulso en mi vida, una chispa en la piedra del mechero que escasea de gas.

Y, ahora, días después, me di cuenta de que me abandonaste; y abandonaste también esos lugares donde dejabas la huella pintada de la tinta imborrable. Y, ahora, días después, me di cuenta de que me abandonaste; y abandonaste también los proyectos que compartíamos sin jamás contárnoslos o aquellas ansias de libertad que transmitíamos cuando deambulábamos, cuando acelerábamos el paso, atajábamos o alargábamos el camino.

Nos quedaron muchas cosas por hacer. Faltaron muchos paseos, abundantes saltos que denotaban alegría, numerosas caricias detrás de las orejas o en tu barriga. Muchos gritos que te llamaran, a mi llegada, que respondías acudiendo cada día como si no lo hubieses hecho nunca o no volvieras a hacerlo jamás.

No te podré sustituir pero tampoco conservaré nada de ti. Dijo Shakespeare, “No guardaré nada para recordarte, porque hacerlo sería reconocer que puedo olvidarte”, y eso no lo quiero contigo. Dejas un ejemplo; un ejemplo de lealtad, de amistad, de honradez.

Adiós, amigo, no me cansaré de repetir alto y claro lo mucho que te quiero.

Adiós, Chusco; adiós, mi perro.

Octubre, 2010

03 octubre, 2010

Consecuencias

(...) si antes de cada acción pudiésemos prever todas sus consecuencias, nos pusiésemos a pensar en ellas seriamente, primero en las consecuencias inmediatas, después, las probables, más tarde las posibles, luego las imaginables, no llegaríamos siquiera a movernos de donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos. Los buenos y los malos resultados de nuestros dichos y actos se van distribuyendo, se supone que de forma bastante equilibrada y uniforme, por todos los días del futuro, incluyendo aquellos, infinitos, en los que ya no estaremos aquí para poder comprobarlo, para congratularnos o para pedir perdón, hay quien dice que eso es la inmortalidad de la que tanto se habla.


Ensayo sobre la ceguera (Saramago)

Creo en el destino.



Creo en el destino. En ese instante fortuito en que, levantada la cabeza, fijas la vista en el vasto cielo donde una estrella, la tuya, cruza de derecha a izquierda buscando la más correcta dirección. No atravesó el cielo porque fuese la esencia de su origen y de su extinción; dibujó su recorrido porque tú estabas allí para observarla pasar.

Creo en el destino. En la lluvia que te moja cuando paseas con atuendo veraniego pero que produce sobre tu piel esa sensación anhelada en los días estivales; soleados pero tristes. Como si la estrella se obstinase en quemar la piel que luego las gotas de lluvia habrían de empapar.

Creo en el destino. En los ojos que te miran cuando tú no los observas y, vuelta la cara, desaparecen. Y en los ojos que te examinan mientras te plantas de frente, estudiando su forma y su color, su expresión y su transparencia.

Creo en el destino. En que unos se marchan para que otros lleguen; dejan un hueco y un lugar que renunciabas a que volviese a ser ocupado. Esta vez te das cuenta de que merece la pena.

Creo en el destino… y ahora son muchas las cosas que me dicen que no me equivoco.