26 agosto, 2010

¿Dónde estás, que no te encuentro?

Te encontré mas te perdí,

me buscaste y salí huyendo.

Te alejaste y sucumbí,

me olvidaste y te recuerdo.


Te coloreo y ennegreces,

me iluminas y ensombrezco;

te empujo mientras me meces,

me meces mientras me duermo.


Te marcharás y yo aquí

cavaré el hoyo funesto;

hoyo del que un día surgí,

hoyo donde voy muriendo.


Mas, a la hora de partir,

ya sí diré lo que pienso:

“Felicidad, ¿dónde estás?

¿Dónde estás que no te encuentro?


¿Vuelas por altas alturas,

trepas por troncos enhiestos?

¿Te pierdes ante mis dudas,

navegas hacia lo incierto?


Felicidad, te perdí;

no sabes cuánto lo siento.

No te preocupes por mí;

muero, pero sonriendo".

24 agosto, 2010

El conflicto de las clases sociales.

Repasaría por última vez sus apuntes mas ¿para qué hacerlo? Sería mejor leer un rato, aprovechando que había podido sentarse. Nunca encontró las razones, pero había lugares mágicos para gozar de la lectura: el tren, la cama, la playa… Sí, la playa. Tan lejana en este Madrid continental pero tan cercana allí, en sus vacaciones, en su pueblo. Ahora tendría que conformarse con el autobús, tampoco estaba mal. Abrió su mochila, esquivó sus apuntes y sacó el libro al que se dedicaba. Olía a mar. Era cuestión de mover sus páginas para trasladarse al rastrillo donde lo compró, observando un paisaje de playa. Aquel sonido de las olas, las gotas que salpicaban cuando avanzaban por el paseo, el movimiento solemne de las alas de las gaviotas; todo desaparecía en el momento en el que el conductor del autobús frenaba en la siguiente parada, el compañero de asiento le pedía permiso para levantarse o unos muchachos en plena pubertad alzaban su voz como para demostrar lo grave de ésta.

Posó el separador sobre su muslo izquierdo, el de la pierna que siempre cruzaba, y comenzó a ojear a Benedetti. “Para la clasificación de las clases sociales, se habría de tener en cuenta la hora en que cada uno se tira de la cama”. Clara sonrió. Se sentía identificada. La humildad de su pensamiento se correspondía con su espíritu madrugador (a ves, consecuencia de las obligaciones; otras, efecto de la rutina). Sabía que la divagación carecía de fundamento pero, como mínimo, era curiosa.

23 agosto, 2010

El destino y el azar

Tan sólo salir del portón, miraba al cielo, simplemente por comprobar que en esa mañana otoñal había vuelto a equivocarse. Era algo inversamente proporcional: a mayor frío, menos ropa llevaba puesta. Su madre se lo había repetido cientos de veces: “Clara, primero se abre la venta y, luego, se elige la ropa”. Pero ella renunciaba a ser tan previsora; había creado una especie de teoría de la coincidencia. Según ésta la construcción de nuestra vida era en un casi en un cien por ciento fruto del azar, y también de la fortuna dependía el acierto entre el número de mangas o lo grueso del abrigo y los grados que la atmósfera te regalaba. Se trata de una especie de juego: salir, mirar al cielo y reflexionar sobre la suerte que ibas a tener aquel día. Y hoy, en efecto, parecía que no iba a ser un mal día: una temperatura agradable y una ropa ligera.

Las ocho y cuarto. El autobús no pasaba, llegaría tarde, como siempre. Sin embargo, esta mañana no debería ser así.

- ¿39? ¿39? ¡Por allí viene!- anunciaba aquella criatura.

Era un hombre mayor, rechoncho y bigotudo. Sería complicado saber si clasificarlo en el grupo de ancianos dementes, jubilados no resignados a hacerse mayores o, tal vez, jóvenes que dejaron, prematuramente, de serlo gracias al alcohol o a las drogas. Era un elemento más de la parada, la voz del altavoz que no existía, la cara de la espera. Era una figura más de la ciudad, el chiste del transcurrir del tiempo; el duelo del aprovechamiento de la vida.

No obstante, a Clara le había encantado esta vez escuchar aquella voz, una rota voz de Sabina, castigada pero profunda. En efecto, hoy iba a ser un buen día; aquel hombre ya le había ofrecido una buena noticia: el autobús llegaba.

20 agosto, 2010

Deberían parecerse a los perros.

Pero eran las ocho de la mañana y ya debía disponerse hacia la temida rutina. Calentar la leche, bebérsela desafiando los poros de su lengua ante los grados que había alcanzado, y abrir el grifo para que el cacao no se solidificara convirtiéndose en consistentes peñascos difíciles de despegar de las paredes del tazón infantil al que había renunciado a sustituir.

Después tocaba coger la carpeta, el bolso y las llaves; y, antes de cerrar, echarse un vistazo en el espejo que tanto miedo le daba observar; pues no le mostraba el futuro pero le hacía planteárselo.

Bajaba en el ascensor y, a la salida del portón de su bloque, saludaba (como cada mañana) a la vecina del segundo cuya simpatía se desequilibraba ante el contraste con los halagos de su Foxterrier. Hugo era un perro atento que no dejaba pasar la ocasión para tirar de la cadena que lo limitaba y olfatear los pies de un miembro del vecindario. Fijaba su mirada en la tuya, como deseando que entendieras que tú eras su amigo; todo lo contrario a su dueña. Ahora es cuando Clara apostaba por que los amos deberían parecerse más a los perros.

19 agosto, 2010

Un paseo por Madrid.

No obstante, y a pesar de los reproches que sus propios ideales le hacían, Clara agradecía el estar estudiando en Madrid. Tenía la oportunidad de recorrer cada una de las exposiciones que de niña envidiaba examinar, sentada frente al televisor. Podía pasear por el Retiro, contemplar la fachada de aire neoclásico de la Catedral de la Almudena, saludar a los leones que presidían la puerta del Congreso de los Diputados. Siempre miraba a los animales, sonriéndoles, como si aquel trozo de piedra tallada fuese capaz de comprender sus reflexiones. Verdaderamente, se reía de estas propias meditaciones. Se reía de lo hipócrita de la política que, antepone la cara de seriedad (ya en la entrada, con aquellas fieras recostadas), y luego la olvida por completo. Con todo, tan sólo se trataba de su opinión, pero le servía para soltar alguna risa tímida cada mañana.

A Madrid también le debía la virtud del anonimato, todo lo que había madurado y unos pocos buenos amigos. Entre ellos, Lidia, a la que habría de visitar aquella tarde. Y, por supuesto, estaba en deuda con la ciudad de la Cibeles desde el mismo momento en que conoció a Pablo.

Muchas veces había explorado la idea de que, si sus padres no la hubieran enviado a Madrid, ahora no sabría de una de las personas a las que más quería en el mundo. Es por ello por lo que Clara no creía en un amor único y verdadero, sino fruto del destino, la coincidencia y la casualidad. Aquella deducción no le impedía, sin embargo, amara a Pablo tanto como a otras muchas cosas (porque odiaba la expresión por encima de todas las cosas, con lo tiquismiquis de su cuidado lenguaje) y sentir por él una admiración total que mutilaba sus defectos.

Además, Madrid le había hecho entender eso que, pocas veces, exponían el telediario; que España contaba con casi un veinte por ciento de personas viviendo por debajo de la línea de pobreza nacional. Ella no lo veía en su pueblo. Clara exploraba la idea, y concluía evocando el lugar donde habitaban sus padres; las diferencias eran poco marcadas. Los jóvenes frecuentaba unos mismos lugares de recreo y formaban parte de círculos comunes (quizás, porque eran pocos los lugares de recreo). Las mujeres realizaban las compras en las mismas tiendas y los hombres tomaban juntos la cerveza de después del trabajo (quizás, porque escasas eran las tiendas y escasos los bares). Cierto es que podía aparecer en cualquier momento algún orgulloso u orgullosa que pronto se ganaba el cuchicheo de sus vecinos; pero, en esencia, se contaban en número reducido aquéllos que miraban por encima del hombro.

Sin embargo, aquí en la capital, era distinto. Bastaba con recorrer concienzudamente una de las calles que se dirigen a la Puerta del Sol. Entre el tumulto, observábamos a inmigrantes valiéndose de la artesanía y la piratería para ganarse el sustento, entorpeciendo los elegantes taconazos de señoras recién salidas de peluquería. La bisutería artesanal contrastaba con las brillantes y enormes joyas de estas doncellas, y sus manos cargadas de bolsas de las más exquisitas marcas, con las manos vacías del vagabundo que interpretaba a un guitarrista en la esquina de la calle. El lotero miraba triste al banquero y la anciana señora cuya pensión no le daba para mucho en aquella ciudad, trataba de responder a los gustos de las jóvenes pero exigentes burguesas, elaborando los broches de fieltro que tanto se estilaban. El mimo se había disfrazado de rey, pero aún no residía en la Zarzuela, y un anciano atípico se cubría de unas harapientas ropas, acompañadas de un paso amansado y unos ojos llorosos.

Clara suponía que todos éstos eran a los que se referían las noticias escasamente, y acababa sintiéndose afortunada por su posición.