No obstante, y a pesar de los reproches que sus propios ideales le hacían, Clara agradecía el estar estudiando en Madrid. Tenía la oportunidad de recorrer cada una de las exposiciones que de niña envidiaba examinar, sentada frente al televisor. Podía pasear por el Retiro, contemplar la fachada de aire neoclásico de la Catedral de la Almudena, saludar a los leones que presidían la puerta del Congreso de los Diputados. Siempre miraba a los animales, sonriéndoles, como si aquel trozo de piedra tallada fuese capaz de comprender sus reflexiones. Verdaderamente, se reía de estas propias meditaciones. Se reía de lo hipócrita de la política que, antepone la cara de seriedad (ya en la entrada, con aquellas fieras recostadas), y luego la olvida por completo. Con todo, tan sólo se trataba de su opinión, pero le servía para soltar alguna risa tímida cada mañana.
A Madrid también le debía la virtud del anonimato, todo lo que había madurado y unos pocos buenos amigos. Entre ellos, Lidia, a la que habría de visitar aquella tarde. Y, por supuesto, estaba en deuda con la ciudad de la Cibeles desde el mismo momento en que conoció a Pablo.
Muchas veces había explorado la idea de que, si sus padres no la hubieran enviado a Madrid, ahora no sabría de una de las personas a las que más quería en el mundo. Es por ello por lo que Clara no creía en un amor único y verdadero, sino fruto del destino, la coincidencia y la casualidad. Aquella deducción no le impedía, sin embargo, amara a Pablo tanto como a otras muchas cosas (porque odiaba la expresión por encima de todas las cosas, con lo tiquismiquis de su cuidado lenguaje) y sentir por él una admiración total que mutilaba sus defectos.
Además, Madrid le había hecho entender eso que, pocas veces, exponían el telediario; que España contaba con casi un veinte por ciento de personas viviendo por debajo de la línea de pobreza nacional. Ella no lo veía en su pueblo. Clara exploraba la idea, y concluía evocando el lugar donde habitaban sus padres; las diferencias eran poco marcadas. Los jóvenes frecuentaba unos mismos lugares de recreo y formaban parte de círculos comunes (quizás, porque eran pocos los lugares de recreo). Las mujeres realizaban las compras en las mismas tiendas y los hombres tomaban juntos la cerveza de después del trabajo (quizás, porque escasas eran las tiendas y escasos los bares). Cierto es que podía aparecer en cualquier momento algún orgulloso u orgullosa que pronto se ganaba el cuchicheo de sus vecinos; pero, en esencia, se contaban en número reducido aquéllos que miraban por encima del hombro.
Sin embargo, aquí en la capital, era distinto. Bastaba con recorrer concienzudamente una de las calles que se dirigen a la Puerta del Sol. Entre el tumulto, observábamos a inmigrantes valiéndose de la artesanía y la piratería para ganarse el sustento, entorpeciendo los elegantes taconazos de señoras recién salidas de peluquería. La bisutería artesanal contrastaba con las brillantes y enormes joyas de estas doncellas, y sus manos cargadas de bolsas de las más exquisitas marcas, con las manos vacías del vagabundo que interpretaba a un guitarrista en la esquina de la calle. El lotero miraba triste al banquero y la anciana señora cuya pensión no le daba para mucho en aquella ciudad, trataba de responder a los gustos de las jóvenes pero exigentes burguesas, elaborando los broches de fieltro que tanto se estilaban. El mimo se había disfrazado de rey, pero aún no residía en la Zarzuela, y un anciano atípico se cubría de unas harapientas ropas, acompañadas de un paso amansado y unos ojos llorosos.
Clara suponía que todos éstos eran a los que se referían las noticias escasamente, y acababa sintiéndose afortunada por su posición.