29 julio, 2010

El cabello acaracolado

Tendría que vestirse rápido. Como todas las mañanas, el transporte público la esperaba; aunque decir que la esperaba era exactamente eso, un decir. Paradojas de la vida, a pesar de que sus padres habían rechazado la idea de que su hija estudiase en una universidad pública a la que su glorioso expediente le permitía acceder, había de soportar diariamente un apiñamiento de almas desangeladas, desubicadas, que se hacinaban entre las cuatro latas de aquel autobús de tonos anaranjados.

Nunca entendió el porqué de que sus progenitores decidieran trasladarla a la capital y, además, a un sitio tan caro. No eran precisamente millonarios, ni tampoco contaban con ningún conocido en la Universidad, ni tan siquiera Periodismo poseía un prestigio demasiado deslumbrante en aquella institución. Ella sólo sabía que a su padre le brillaban los ojos cada vez que hablaba de su hija, que explicaba que estaba en Madrid, y que conocía a las hijas de Rajoy (lo que, en realidad, no acababa de ser cierto, pues tan sólo coincidió con éstas en el acto de clausura del curso académico anterior). Por otro lado, a Amparo, su madre, se le dibujaba una sonrisa desorbitante en el rostro, se le agudizaban las facciones de su cara e, inclusive, se le acaracolaba el cabello cuando sus amigas en la hora del café magnificaban la elegancia y la belleza de Clara.

27 julio, 2010

Ante el espejo

Se miraba al espejo y podía constatar lo moreno de su pelo, la escasa talla de su cuerpo, la sonrisa malgastada en las tristezas pasajeras. Era capaz de distinguir sus dos brazos, sus dos piernas, su abultada barriga agradecida de la comida rápida americana; e incluso, si la vista no le fallaba esta vez, aquel lunar cada vez de dimensiones mayores en su brazo izquierdo siempre su abuela confundió con algún tipo de insecto al que intentaba borrar del mapa. Su tobillo derecho, rodeado de una escueta pulsera de bisutería, se encontraba tatuado. Sin embargo, Clara no sería la abuela de dragones, hadas o estrellas que representarían a la perfección sus compañeras de Facultad, sino que caminaría marcada por el fuego de la locura: el de un tubo de escape.

Sin embargo, por más que revisaba y examinaba su organismo con aquella alta inspección propia de su mirada, no encontraba ninguna señal, marca alguna, ni tan siquiera un leve gesto que le indicaran qué sería de su futuro. No estaba segura; pero pensaba que, al igual que en una operación matemática era incluso más importante el resultado que los procedimiento aplicados, su futuro debería ser más visible que lo miembros de su cuerpo. Sería como una sombra clara e imborrable en el espejo que contemplaba, que tan sólo habría que buscar con esmero. De poco servía lo que Clara era ahora mismo, con sus veintitrés primaveras, cuestionándose ante un espejo. Defendía la idea de que todos deberíamos tener el derecho a conocer el transcurso de los días que sobrevienen, aprovechándolos o desaprovechándolos según las circunstancias o las apetencias. Era demasiado triste el no conocer el mañana.

Seguía contemplando la marca de la locura del tubo de escape.

23 julio, 2010

Desafío.

Todos tenemos algo que decir y algo que callar. Todos poseemos algo que enseñar y algo que ocultar, algo de lo que huir y algo por lo que sentirnos orgullosos. Algo que compartir y algo que privatizar, algo a lo que renunciar y algo por lo que luchar.

Todos poseemos, en fin, un desafío: el desafío de vivir, con todo lo que ello conlleva. Ya lo decía Gioconda Belli con sus palabras y con el danzar de sus días: "
Todos tenemos un deber de amor que cumplir,/una historia que hacer,/una meta que alcanzar". Ésta es la mía.