21 septiembre, 2010

No hay nada perdido si sabes dónde está.

Es triste (y, sobre todo, hipócrita) esperar a que sea el cumpleaños de alguien, su santo o fechas navideñas para felicitarle, desearle lo mejor o recordarle que aquí te tiene para lo que quiera. Verdaderamente, eso son trámites de los que cada vez voy ahorrando más, aprovechando la energía y las ganas para aquéllos a los que realmente quiero, que me parecen merecérselo o a los que, simplemente, me apetece regalarles una sonrisa.

Y es ahora uno de esos momentos en los que por palabras regaladas, palabras que ni tan siquiera han sido escuchadas, sino escritas; por las que me veo en la necesidad de dar las gracias por duplicado.

Esta tarde, explorando las calles cercanas a este piso con dos grandes amigos, llegué a un lugar casi olvidado. La primera vez que aterricé en aquel café, adornado de libros por sus paredes, aterricé con la mayor de las incertidumbres: una ciudad nueva, un café novedoso y un compañero desconocido. Casi un año después, la urbe ya no es tan nueva ni el café tan novedoso; y, aunque las personas - por complejas- siguen siendo desconocidas, ha pasado un año y he aprendido mucho.

Puede que sea el pasar de esos años, o los acontecimientos; pero, indudablemente, he madurado. Muchas veces temo que esa madurez sea el mayor de mis problemas, pero considero que no me es tan imprescindible la inclusión social como la coherencia conmigo misma. Algo de eso tiene que ver la razón por la que esta noche me he puesto a escribir: sé que tengo una gran amiga.

Podría afirmar, sin equivocarme, que le debo muchas cosas. No sé si algún café pero, desde luego, inmaterialmente estoy en una deuda con ella. Sin embargo, no es lo que yo he hecho por ella ni lo que ella ha hecho por mí la razón por la que sé que es mi amiga. Podría tratarse de una intuición, pero sé que es algo del compaginar, de la preocupación. Esta tarde me recordaste una frase que dije algún día, ésa de que “No hay nada perdido si sabes dónde está” y no tan sólo me encantó el escucharla (ya la había olvidado) sino que me di cuenta de que ya hacía cuatro o cinco años y allí estábamos tomando café. Un amigo no es al que llamas todos los días, acaso algo más complejo; sabes que siempre puedes llamarlo.

Gracias por tu amistad, por tu sencillez y por tus nulos teatros; gracias por ser un poquitín como yo y mucho como tú misma.

Gracias por todo, camarada. Sé feliz y cuídate.

17 septiembre, 2010

Por principios

Está de moda:

El agachar la cabeza o levantarla en demasía,

el cerrar la boca o decir estupideces,

el hacer la vista gorda o pecar de entrometidos,

el disimular las incompatibilidades o declararse la guerra,

el seguir la corriente o el ser un extravagante,

el adaptarse y no cambiar nada o el querer cambiarlo todo,

el responder sí sin asertividad o ser asertivo sin razones,

el ser positivo ante la miseria tercermundista y negativo ante el paro español,

el reír por un mal chiste y aburrirse con un buen poema,

el hablar perfectamente inglés y no conocer a Cervantes,

el sentirse integrado y desear ser único,

el ser católico o antieclesiástico,

el barrer para tu casa y envidiar la casa de todos,

el no mirarte el ombligo pero juzgar libremente el de los demás,

el comprarte un buen coche y pagar cara la hipoteca,

el disimular que eres tico o el ser hippie pero llevar Converse.

Y todo esto me lleva a pensar

que sólo hay un principio claro:

no tenerlo.

Por principios escribí este poema;

sólo por principios.

15 septiembre, 2010

Y las campanas...

Suenan las campanas, con ese tintineo entre grave y agudo, entre perfilado y desdibujado. Algo me dice que mañana volveré a escuchar las campanas, adornando cada hora, señalando cada instante. Podría encontrar la utilidad a su din-don incansable, prescindir del reloj, de la hora digital de mi móvil... Sería realmente recurrente utilizar el sonido de las campanas.

Pero sólo siento tristeza y nostalgia cuando escucho su melodía; cuando, estando atenta o distraída, me gritan que ya es la hora, la hora en punto. No tengo nada que hacer (aun dejando muchas tareas pendientes y muchos retos abandonados), salvo oír el murmullo de las campanas.

Hoy me han confesado que el tiempo pasa y que lo estoy dejando correr. Me han suplicado que viva y aproveche el momento. Me han recordado que estoy perdiendo muchas oportunidades que no recuperaré. Me han aconsejado que olvide, que obvie, que no contemple. Me han dicho que me quieren, que valgo la pena.

Y yo aquí, realmente imbécil -sí, muy imbécil-, sigo escuchando la inmortal música de mis campanas.

10 septiembre, 2010

Reflexión de una lectura

Yo también inventé un árbol grande, tan grande como el suyo, y también me quise quedar atrapada entre sus ramas...

SIN PALABRAS

Yo inventé un árbol grande,

más grande que un hombre,

más grande que una casa,

más grande que una última esperanza.

Me quede con el años y años

bajo su sombra

esperando que me hablara.

Le cantaba canciones,

lo abrazaba,

le rascaba su rugosa corteza

entretejida de helechos,

mi risa reventaba flores en sus ramas,

y a cada gesto mio le crecían hojas,

le brotaban frutas...

Era mío como nunca nada ha sido mío,

pero no me hablaba.

Yo vivíaa pendiente de sus ruidos,

oyendo su suave aleteo de mariposa,

su crujido de animal de la selva

y soñaba su voz como un hermoso canto,

pero no me hablaba.

Noches enteras lloré a sus pies,

apretujada entre sus raíces,

sintiendo sus brazos sobre mí,

viéndolo erguido sobre mí,

sabiendo que me estaba pensando,

pero no me hablaba...

Aprendí a cantar como pájaro

a encenderme como luciérnaga,

a relinchar como caballo.

A veces me enfurecía y hacía que se le cayeran

todas las hojas,

lo dejaba desnudo y avergonzado

ante los guanacastes,

esperando que -tal vez- entendería por mal,

como algunos hombres,

pero nada.

Aprendí tantas cosas para poder hablarle,

me desnudé de tantas otras necesidades

que olvidé hasta cómo me llamaba,

olvidé de dónde venía,

olvidé a qué especie de animal pertenecía

y quedé muda y siempreverde

-esperanzada-

entre sus ramas.

(Gioconda Belli)

08 septiembre, 2010

¿Por qué no vendemos la Copa del Mundo?

Un desfile, excesivamente lento. No se trata de una fila militar, ni de la espera de los niños para recibir el detalle baratero de la Cabalgata de Reyes. No es la entrada de un concierto, tampoco la cola propia de las tiendas de Vodafone o la de la Comisaría a la hora de renovar el Documento Nacional de Identidad. Fácilmente podría coincidir con la que dibujan los desempleados en las oficinas del INEM, que se encaminan a encontrar una leve esperanza ante su situación laboral. Pero esta vez, no. Basta con observar las caras de aquéllos que la constituyen; no son rostros de pena, ni de desesperación. Tan sólo algún abanico, varias gafas de sol, alguna mujer seria que acompañó a su marido o algún otro que, como yo, llegó allí, circunstancialmente; sin comérselo ni bebérselo, pero allí estaba.

Verdaderamente, es un sabor semi-amargo el que obtuve de tal contemplación. Por un lado, me alegraron las sonrisas de los niños que aguantaban la tremenda solanera con la firmeza del campeón. Serán personas muy comprometidas socialmente, lo que no me queda claro es si las causas sociales que defenderán serán las que mejoren el Mundo o las que paralicen tal mejora. Por otro lado, también supe de la amargura; la que me produjeron las sonrisas de los padres, de los abuelos, de los jóvenes… Y no es porque no me guste ver al Mundo feliz; sino porque algo me dice que, entre la multitud, había algún anciano con paupérrima pensión; varios estudiantes que no encontrarán trabajo tras su esfuerzo (personal y económico); estoy segura de que habría alguna alegre mujer que dejó de serlo – no mujer, sino alegre- por la represión machista de su marido o por la diferencia entre su salario y el de su compañero de trabajo. Me consta que allí se encontraban adultos, cabezas de familia, que acababan de perder su empleo y se debatían entre la posibilidad y la imposibilidad de seguir costeando los gastos universitarios de sus hijos.

Y, claro, lo que este circo que se ha montado nos lleva a pensar es que una cosa es el momento económico que el país está viviendo; y otra, muy distinta, son los triunfos deportivos. E, igual de obvio, debiera ser el que, mientras nos enorgullecemos sobre lo bien que jugamos al fútbol (desde luego, no es mi caso) y exaltamos lo fantásticos que somos los españoles; pues, aunque sea por un momento, se nos olvidan el resto de asuntos: el recorte de derechos, la facilidad de despido, el déficit cultural que lleva a los estudiantes españoles al final de ranking europeo, las injusticias, la escasez de criterios y de valores, la próxima Huelga General; al fin y al cabo, el futuro de nuestra sociedad.

Y a algunos les vendrá estupendo (por decir, se dice que tal mérito futbolístico supone hasta un aumento del consumo); pero, quizás, a todos, como conjunto- sí, como españoles, europeos- no nos favorezca en demasía el despistarnos ociosamente obviando la no tan idealista ni grandiosa realidad.

Por fortuna, aún quedas amigos, con los que salirse de la fila y echar la foto desde fuera. Sentarse, tomar un café y un buen pastel para endulzar las penas. Hablar de lo mal que va el Mundo, de lo elitista en que se está convirtiendo el hecho de estudiar y de que todos queremos formar parte de esa élite. Charlar de temas más cotidianos; de lo tarde que para beberse el café solo, de sus decepciones amorosas y de las mías. Ridiculizar la victoria de la Selección; afirmando, entre risas, que nos han dado este áureo premio por ser los más tontos; los más tontos del Mundo.

Sólo se nos escapó un detalle, amigo. ¿Por qué no la vendemos? ¿No es nuestra, de todos? ¿Por qué no subastamos la Copa del Mundial? Porque, viendo como está el panorama, ya todo lo que tiene un valor se llama capital.

Pastillas para no soñar

Me había levantado buscando pastillas para no soñar; quién iba a decirme que un sacapuntas iba a cambiar mi humor...

06 septiembre, 2010

04 septiembre, 2010

De la aventura del 4-F

Una mañana de sábado del apacible mes de septiembre, rodeada de esta temperatura estival a la que hoy no entorpece nube alguna, parece ser un buen momento para dormir, descansar de las pendientes granadinas, de las difíciles calles árabes y del agotamiento que conlleva el caminar esquivando un temido resbalón sobre las pulidas e incrustadas piedras de aquellas calles sinuosas.

Sin embargo, por esa responsabilidad de la que no logro escapar y por eso que afirma mi padre de que el trabajo dignifica a la persona, salto de la cama, hoy más cansada de lo habitual. Pantalones cortos, una camiseta casi olvidada pero que posee algo de especial, y unos deportivos que suponen una terminación imperfecta a estas también imperfectas piernas de tobillo estrecho.

Siempre me gustó mirar hacia el horizonte, otear el paisaje desde una superficie elevada, observar las plantas ornamentales del jardín o los árboles que proporcionan los frutos que nos alimentan. Hay algo realmente extraordinario en ello: la esencia de lo natural. Afortunadamente, cada vez más, nuestra sociedad apuesta por la sensibilidad medioambiental, por la importancia de la naturaleza, de su cuidado. No obstante, existe algo fuera de lo ordinario y de los teóricos valores, y es el contacto directo con la tierra, con sus hierbas buenas y no tan buenas, con los animales que la escarban, con las sustancias que le sirven de abono, con las plagas que acaban con la cosecha o con las aves que embellecen el cielo.

El trabajo de la tierra es duro pero, aparte de proporcionarnos aquello que necesitamos, hace al mundo un regalo tristemente relegado en esta Europa terciarizada: los valores de aquéllos que cuidan cada día la tierra, que llevan a cabo la labor con sus manos y con su esfuerzo; voluntad que tan sólo les sirve para ocupar los escalones inferiores de esta España jerarquizada, a pesar de realizar una tarea imprescindible.

Se podrá apuntar que lo rural no es cultura, que el analfabetismo y la vulgaridad han sido ligados históricamente a zonas no urbanas, que el progreso y la evolución arrancan de las grandes ciudades. Ahora bien, lo que no debemos estar dispuestos a escuchar es que la cultura está desasida o desvinculada de conocer de dónde procede aquello con lo que te nutres, te alimentas; pues el no saber, o incluso el no ser consciente, del peso y la grandeza de la agricultura, de la ganadería, y en esencia de la tierra, sí que te convierte en un verdadero inculto.

Con todo, por una vez, soy una afortunada; dichosa de tener unos abuelos que viven en el campo y bienaventurada (aunque, en ocasiones, concluyo que no tanto) de pisar un suelo no asfaltado, de no pecar de ignorancia cuando el turrón se elabora con una almendra que veo crecer; el aceite con una oliva que engorda ante mi mirada; y la tortilla con unos huevos que las simpáticas gallinas de mi abuela no siempre se apresuran en poner.

Y hoy ha sido, en efecto, uno de esos días. Como un buen don Quijote, mi padre buscó a su Sancho, dotando el Sancho de realismo a lo que idealmente el hidalgo definía. Y ha sido cuestión de poner en marcha a nuestro Rocinante, nuestro compañero de batallas, al que me obstino en cambiar de aspecto al estilo hippie, ante la negativa eterna de mi madre. Nuestro vehículo casi prehistórico, que corre menos que el caballo del malo, pero es tan amable y aguanta tantas aventuras y pataletas como el novelesco Rocinante de don Quijote: nuestro 4-F. Ese semblante tan suyo, rupestre pero expresivo, práctico pero incordioso. Gracias a él, los aventureros tomaron su camino, cercano pero lejano para ir a pie, llegando al destino tan satisfactoriamente como una recogida de almendra merecía.

Es entonces cuando evidentemente comenzó la faena, tropezando con las hierbas que la ingenua emisora defendió ante la implacable y corruptiva acción del sulfato y que mi padre respetó ante la opción, más trabajosa, de la azada o el tractor. Y aquí las contemplamos, a todas ellas, de todas las alturas y verdes posibles, impidiendo una factible recolecta o un trabajo con comodidad. Por otro lado, encontramos a las almendras en sí mismas, hermosas pero escasas; mas, eso sí, duras y seguras como ellas solas. Apuntas, disparas y ellas allí, quietas e inmunes a cualquier traqueteo. Y, entre tanto, el sol brilla y tú echas de menos no estar en la playa; el cuerpo está sediento y tú anhelas la botella de agua que te dejaste antes de partir. Te hace todo ello plantearte la diferencia entre el terrateniente y el campesino, el jefe y el obrero. Eres consciente de que escasea la humildad y de la necesidad de defenderla.

A pesar de las fatigas, cuando consigues tu misión, te sientes satisfecho; orgulloso de lo que has hecho y, en lugar de ocultarlo (como haría algún hombre pobre que, además, es un pobre hombre), lo cuentas y lo compartes; porque sabes que la tierra te da de comer y que el trabajo de unos y el sudor de otros es lo que posibilita la riqueza de aquéllos que se creen merecedores de todas las fortunas de las que gozan por el simple hecho de valerse de la especulación, de los intereses del capital, de los excedentes de sus fábricas o de la plusvalía que consiguen; cosas totalmente artificiales frente a la naturalidad de la que tú eres partícipe. No se trata de ser radical, ni tan siquiera de atenerse a una ideología, esta reflexión parte del simple hecho del observador, del trabajador y del obrero que todavía no soy, pero en el que me he convertido por un día.

Sancho coge el volante y dirige a Rocinante, con el mayor de los cariños pero la más grande de las inexperiencias. No existe la dirección asistida, la radio vagamente funciona y los asientos son pobremente regulables; no importa, llegaremos, cargados de nuestra cosecha pero aun más repletos de la alegría que sucede al trabajo que queda hecho. Y nuestra máquina rueda perfectamente, no se cala en las salidas ni en las pendientes. Solamente cuenta con un problema: no posee la fuerza de tracción propia de un 4x4, que erradicaría obstáculos como el de hoy.

Y es que ocurre que la naturaleza es impredecible y los terrenos moldeables. Aviso a los lectores que las últimas lluvias hicieron correr agua por las ramblas lumbrerenses y, seguramente por eso de la erosión, las planicies ya no lo son tanto. Y entonces llegan los pobres Rocinantes, mal dirigidos por sus jinetes, y quedan tan desnivelados como el terreno. Una rueda abajo, otra arriba, la tercera al vuelo y la cuarta que ya no quieres ni observarla. Y, entonces, Sancho echa el freno de mano, todavía no sé si esperando que alguien lo sacara de allí o evitando hincar la cabeza. El hecho en sí es que es al pobre de don Quijote, iluso y soñador, al que le toca salir del coche, inspeccionar la situación y dar las instrucciones. “Mete la primera y suave”. Y es en ese momento, cuando aceleras brevemente y tan suavemente como don Quijote te indicó, cuando Rocinante se debate entre el vuelco y la estabilidad. Sin embargo, llega aquí la fortaleza del coche de campo, de las cuatro latas y de ese espíritu que estoy segura que este tipo de coches poseen, y te sacan de la situación.

Así que si algún día me escucháis defendiendo al 4-F, o algún otro pariente de su familia, reconoced que tengo motivos suficientes; tantos como para defender esa humildad de la gente de campo, la que verdaderamente trabaja con sus manos y la que goza de toda la autoridad para llamarse obreros en el sentido fiel de la palabra.

03 septiembre, 2010

Cuento gallego de los años cuarenta

"¿Qué opinas de verdad de la Falange?"- preguntaba el primero. "Pues- contestaba su amigo, consciente de que cualquiera podía ser informante de la policía-, en primer lugar, ya sabes; en segundo lugar, ¿qué te puedo decir?"