(...) Debía entrar. La mujer se encontraba apoyada en la pared al final del pasillo. Piel morena, cabello ondulado aun más oscuro, ojos grandes y achinados.
- Hola- dijo Natha-. Perdona el retraso.
Tan solo se trataba de cinco minutos pero él era un obseso de la puntualidad, un cumplidor en su trabajo.
- No te preocupes- y añadió:- la noche es larga.
Había escuchado cientos de frases, miles de respuestas; pero ninguna como aquella. “La noche es larga”, había dicho. Y, ¿para qué una noche larga?
Natha conocía demasiado bien el procedimiento, mas aquí había algo distinto. Siempre tuvo que ser él quien hiciera caer a la mujer sobre la cama, quien le quitara la ropa, quien le besara el cuello -rodeándolo, como algo mecánico-, quien la excitara. En ocasiones, había tenido que consolarlas. Ocurría cuando lloraban temerosas, sobrepasadas por el miedo, por no saber qué hacer cuando él les bajaba con cuidado sus bragas. Temblaban por la reacción del cuerpo ante lo desconocido, por la ansiedad y por la ignorancia. Tiritaban sin frío. Vibraban sus piernas, sus brazos, su vientre. Palpitaban; pero lo hacían por el pánico, por la duda. Jamás por el deseo, por la pasión, por la fogosidad reprimida o el ímpetu humano que, si bien natural, les era desconocido.
No comprendía aquella absurda ley estatal que, personalmente, le estaba propiciando beneficios; pero que hacía sentirse ultrajadas, humilladas, manipuladas… a todas las mujeres que, aún vírgenes, lo llamaban, justo antes de su matrimonio, retrasando el momento.
- ¿A qué esperas?- preguntó Soledad mirándolo fijamente.
No esperaba, porque era consciente de que no tenía sentido hacerlo. Pero pensaba, no lo podía evitar. Llevaba dos semanas haciéndolo cada vez que debía comenzar el trabajo, en cada ocasión que había de utilizar su miembro viril sobre un cuerpo femenino, más o menos agraciado, pero que no era el de ella.
Se tumbó al lado de la mujer creando una simetría imperfecta pero necesaria. La miró, pero en realidad no la miraba. La besó. Pero, ciertamente, no la besaba. La acarició. Pero, verdaderamente, no la acariciaba. Como el peluquero que realiza el corte sin fijarse en los perfiles de la cara. Como el sastre que cose el traje sin tomar medidas. Como el guitarrista que toca sin afinar las cuerdas de su instrumento. Todo lo hacía sin pasión, sin amor a su oficio; curiosamente, la profesión que más amor necesitaba.
Ya bastaba. Pasó de los preliminares. Superpuso su cuerpo al de la mujer. Encontró el punto de apoyo sobre sus rodillas y sus manos, cerradas en puño sobre el colchón de la cama. La besó. Volvió a besarla. Sintió las manos de la mujer ascender por sus piernas flexionadas, llegó a sus nalgas.
- Lo siento, me voy- dijo Natha, saltando de la cama y deshaciéndose de las suaves manos que le tocaban.
Le había vuelto a ocurrir. No había sido capaz de olvidarla. (...)