04 agosto, 2011

Acentos.




Dame esa tilde

escapada de la atonalidad de estos tiempos

átonos – y atómicos-,

donde no se escribe en esdrújulas

por miedo a adelantarse

de aquellos que, aun hoy,

sin tildes,

zanganean en atontada armonía

de pentagramas no quebrados

ni en notas agudas.


Dame también ese punto

necesario a aquella áurea consigna

del mundo,

que anotaron y publicaron

con la tinta de de la reticencia

en eterna elipsis retenida

- por aristocráticos resabios,

y verdades insatisfechas-.


Y yo te daré mi último vocativo

para que, cuando encuentres

esa tilde y ese punto,

y puedas gritar alto

sobre la atónica atonía de las verdades insatisfechas,

sepas llamarme...

y, tras el punto y aparte,

pongamos nuestra coma.


18 abril, 2011

Cuestión de género.


Hemos avanzado mucho y en no mucho tiempo. Hoy por hoy, las mujeres somos personas independientes con derechos sobre nuestras propiedades, posibilidad de voto y de ocupación de cargos políticos. Las mujeres estudiamos, nos formamos y somos capaces –gracias a ello- a acceder a puestos profesionalmente prestigiosos. Las mujeres pedimos el divorcio, trabajamos fuera de casa, salimos (aun casadas) con nuestras amigas. Y no nos sentimos culpables, ni distintas. O, al menos, algunas de nosotras.

No obstante, yace todavía en nuestra sociedad un trasfondo difícilmente eliminable. Trasfondo naturalmente incomprensible, pero históricamente razonable. Y es que pesan mucho sobre nuestras espaldas los siglos de androcentrismo firme y rígido que se han desarrollado antes de que la Historia fuese Historia – y haciéndolo-.

Explicar por qué el mundo es androcéntrico es algo que, por distintas vertientes, se ha intentado llevar a cabo apuntando a la supuesta mayor fortaleza física del varón o la debilidad sentimental de la mujer, por poner algún ejemplo. Cierto es que, desde ese punto de vista, incluso yo podría comprender ciertos repartos de tareas que, explicados desde la Psicología, serían capaces de apoyarse en algo con fundamento. La Psicología (mediante estudios) ha señalado que el hombre destaca en habilidades distintas a las habilidades en las que destaca la mujer. Por ejemplo, los varones controlan mejor ciertas tareas espaciales y la mayor parte de razonamientos matemáticos, mientras que las mujeres poseen más fluidez verbal y velocidad en la percepción. Es un hecho.

Sin embargo, afirmar que la división por sexos (o mejor, por géneros) se sustenta en razones exclusivamente biológico-genéticas es condenarnos a aceptar la situación actual y, consecuentemente, toda la serie de desigualdades que lleva implícitas.

Ciertamente, no son las explicaciones psicológicas lo que más influye en la concepción actual. Es más fuerte el sentido de la educación recibida (formal o no) y que acaba moldeando las que son nuestras acciones.

El estudio sobre esa desigualdad, que es una realidad que nos absorbe, no parece encontrar el final, puesto que un buen estudio debería tener también una parte pragmática y utilitaria significativa, cosa ésta que no acaba de hacerse patente. Los cambios porcentuales en la ocupación de cargos importantes continúan siendo ridículos y, lo que es aun más peligroso, los hábitos y los comportamientos (mucho más cualitativos que cuantitativos) siguen inclinándose, negativamente, hacia el lado de la mujer. Todos (hombres y mujeres) acabamos respondiendo a un sentir general que no es ahora cuando se ha creado pero prosigue siendo cosa de estos tiempos.

Según Ferguson (2003), “Juliet Mitchell (1974) fue posiblemente la primera teórica feminista de la “segunda ola” del movimiento de mujeres que realizó una relectura del psicoanálisis como teoría de la construcción social del género en el seno de la institución de la familia patriarcal”. La teoría de esta mujer nace de una interpretación de Freud pasada por el influjo de Lacan. Así, “Según esta teoría, todos los niños y niñas deben acceder al lenguaje a través de la crisis del complejo de Edipo, tras la cual el género califica necesariamente la subjetividad de los humanos como masculina o femenina. Se presupone que quienes ocupan la posición masculina poseen el falo, el cual les asigna simbólicamente un estatus privilegiado en la atribución de significado”. Indudablemente, a partir de una división sexual, se crea una división de género aun más aguda.

Lo que también debería ser obvio -y no lo suele ser- es que la división que se produce es para ambos; es decir, los dos géneros quedan separados y estereotipados. Ello significa que no tan solo afecta al femenino sino también al género masculino. “Los chicos no lloran” y quieren hacerlo, en ocasiones.

Según Del Amo (2009) “cuando todavía no se ha cumplido un siglo desde que la Real Orden de 8 de marzo de 1910 reconoció el derecho de las españolas que deseaban cursar estudios universitarios a matricularse libremente en todos los centros de enseñanza oficial, las mujeres representan hoy más de la mitad de los estudiantes universitarios y suponen el 60,9% de los graduados”. Es un dato importante y positivo. No obstante, hay que mirar mucho más allá, en la ocupación futura de esas mujeres, en las carreras escogidas, y en el reconocimiento al desempeño profesional.

Hace no tantos años Pilar Primo de Rivera, mujer machista donde las haya y creadora de Sección Femenina de la Falange Española, se atrevió a afirmar que "Las mujeres nunca descubren nada; les falta, desde luego, el talento creador, reservado por Dios para inteligencias varoniles; nosotras no podemos hacer nada más que interpretar, mejor o peor, lo que los hombres nos dan hecho".
Luchar contra esa lastra que mujeres como éstas han ido haciendo perpetuar no es sencillo, desde luego, cuando nuestros bisabuelos fueron coetáneos a tan espléndida generación. Sin embargo, puede servir de impulso para aunar las fuerzas, y para constatar lo irracional del machismo y las formas de pensamiento, aún androcéntricas, que perviven en nuestra sociedad.

Porque luego surgen otros asuntos con el paso del tiempo; o resurgen, siendo correctos con el lenguaje. La homosexualidad rompe barreras y, claro, a ver dónde lo encajamos. Ni hombre ni mujer. Ni uno ni otro género. Algo falla. Entonces... por qué no, “anormal”, enfermo. Claro, es que igual lo que falla son los géneros, la construcción artificial. Igual los géneros habrían de ser un pelín más heterogéneos, o no ser, quién sabe.

Es el trabajo pendiente, y no sólo el de la mujer.

Bibliografía:

- Del Amo, M.C. (2009). La educación de las mujeres en España: de la “amiga” a la Universidad. CEE Participación Educativa, 11, 8-22.

- Ferguson, A. (2003). Psicoanálisis y feminismo. Anuario de Psicología, 34 (2), 163-176.

13 marzo, 2011

Hoy he visitado tu tumba. Ver tu foto encuadrada, y junto a ellas las letras que ponen tu nombre, omitiendo las tildes que te merecías. Observar al lado mi poesía, que ahora y siempre será tuya, pues casi tuyo es todo lo que tengo.

Hoy he visitado tu tumba, pidiendo audiencia a los recuerdos. Soy gran parte lo que eras: obstinado, protestón, luchador… Y ahora también soy gran parte de lo que tú no eras: el elemento solitario de la pareja que formábamos, la nieta sin abuelo.

Hoy he visitado tu tumba, y no sé por qué lo hice. Reconozco que no fue por visitarte, ni por contentar a nadie (como, en ocasiones, sabes que hago), ni tan siquiera fue por un hábito que no establezco, ni porque lo necesitaras.

Hoy he visitado tu tumba. Sentí el impulso de destrozarla, mientras otros comprobaban cómo estaba todo colocado, limpio, impoluto. Sentí el impulso de romper aquello que me impedía estar junto a ti, y contemplar aquella sonrisa que tan solo tú me regalabas, y oír la voz con la que tú tan solo me llamabas, y me cantabas, y me aconsejabas.

Hoy he visitado tu tumba. Se me enturbió la mirada, se me empañaron los ojos. Noté la impotencia que me causa tu ausencia, porque supe que no estabas allí. Tú no eras carne, ni huesos, ni órganos, ni músculos. Tú no eras ni imagen, ni fotografía, ni nombre, ni letras. No te gustaban las flores, ni las visitas serias. Tú no estabas allí, y no te he visitado.

Por ello te escribo ahora, sentada en la mesa donde tú lo hacías, donde me escribiste los versos más bonitos del mundo, donde me dejaste la esencia de lo que verdaderamente eras. Lloraste por mí hasta el último momento, pero también sonreíste cuando yo te sonreía.

Han pasado casi tres meses, y hoy he visitado tu tumba. Créeme, yo te tengo guardo en lugar mucho más importante, más colorido, y mucho más gratificante. Créeme, digan lo que digan, estoy segura de que te quiero.

15 febrero, 2011

La ley estatal

(...) Debía entrar. La mujer se encontraba apoyada en la pared al final del pasillo. Piel morena, cabello ondulado aun más oscuro, ojos grandes y achinados.

- Hola- dijo Natha-. Perdona el retraso.

Tan solo se trataba de cinco minutos pero él era un obseso de la puntualidad, un cumplidor en su trabajo.

- No te preocupes- y añadió:- la noche es larga.

Había escuchado cientos de frases, miles de respuestas; pero ninguna como aquella. “La noche es larga”, había dicho. Y, ¿para qué una noche larga?

Natha conocía demasiado bien el procedimiento, mas aquí había algo distinto. Siempre tuvo que ser él quien hiciera caer a la mujer sobre la cama, quien le quitara la ropa, quien le besara el cuello -rodeándolo, como algo mecánico-, quien la excitara. En ocasiones, había tenido que consolarlas. Ocurría cuando lloraban temerosas, sobrepasadas por el miedo, por no saber qué hacer cuando él les bajaba con cuidado sus bragas. Temblaban por la reacción del cuerpo ante lo desconocido, por la ansiedad y por la ignorancia. Tiritaban sin frío. Vibraban sus piernas, sus brazos, su vientre. Palpitaban; pero lo hacían por el pánico, por la duda. Jamás por el deseo, por la pasión, por la fogosidad reprimida o el ímpetu humano que, si bien natural, les era desconocido.

No comprendía aquella absurda ley estatal que, personalmente, le estaba propiciando beneficios; pero que hacía sentirse ultrajadas, humilladas, manipuladas… a todas las mujeres que, aún vírgenes, lo llamaban, justo antes de su matrimonio, retrasando el momento.

- ¿A qué esperas?- preguntó Soledad mirándolo fijamente.

No esperaba, porque era consciente de que no tenía sentido hacerlo. Pero pensaba, no lo podía evitar. Llevaba dos semanas haciéndolo cada vez que debía comenzar el trabajo, en cada ocasión que había de utilizar su miembro viril sobre un cuerpo femenino, más o menos agraciado, pero que no era el de ella.

Se tumbó al lado de la mujer creando una simetría imperfecta pero necesaria. La miró, pero en realidad no la miraba. La besó. Pero, ciertamente, no la besaba. La acarició. Pero, verdaderamente, no la acariciaba. Como el peluquero que realiza el corte sin fijarse en los perfiles de la cara. Como el sastre que cose el traje sin tomar medidas. Como el guitarrista que toca sin afinar las cuerdas de su instrumento. Todo lo hacía sin pasión, sin amor a su oficio; curiosamente, la profesión que más amor necesitaba.

Ya bastaba. Pasó de los preliminares. Superpuso su cuerpo al de la mujer. Encontró el punto de apoyo sobre sus rodillas y sus manos, cerradas en puño sobre el colchón de la cama. La besó. Volvió a besarla. Sintió las manos de la mujer ascender por sus piernas flexionadas, llegó a sus nalgas.

- Lo siento, me voy- dijo Natha, saltando de la cama y deshaciéndose de las suaves manos que le tocaban.

Le había vuelto a ocurrir. No había sido capaz de olvidarla. (...)

24 enero, 2011

Soneto desesperado

No derramaré lágrimas por ti

por no empapar la muerte con heridas,

tan hondas e insondables que a tu vida

ahoguen, y la deje de sentir.


No rezaré ni adoraré sin fin

a dioses que vaguean en sus guaridas

recónditas, etéreas y fingidas,

y se olvidan de ti y también de mí.


No me pidas que diga adiós, abuelo,

cuando dejarte es dejarme de querer

y matarte es notar que yo me muero.


No creeré ni en la Tierra ni en el Cielo

mas por ti lucharé y te cantaré

demostrando lo mucho que te quiero.

23 diciembre, 2010

Amnésico despertar.

Muerte que llegas, punzante,
mordaz, hiriente, penosa,
Muerte de vida acuciante,
inexcusable y forzosa.

Muerte que mata las penas,
Muerte que alivia el dolor,
Muerte que juzga y condena
a pordiosero y señor.

Muerte que justa naciste,
Muerte, ante todo, imparcial;
roja es la ropa que vistes,
digna, benigna, legal.

Muerte, intachable y humana,
de ateo paso mas real,
justiciera, fiel, mundana,
equitativa, leal.

¡Ay, Muerte! Sombra invisible
visible en todo lugar,
maquinal e irreversible,
de amnésico despertar.


02 diciembre, 2010

Coste de oportunidad

Leer un libro,

tomar un café solo con un amigo,

pensar sobre las injusticias,

crear sueños.

Aprender Historia,

visitar un museo,

recorrer la calle Trapería bajo las estrellas y al compás de un acordeón.

Buscar la definición del amor,

tocar las cuerdas de una guitarra,

erizárseme el vello con una buena poesía,

exaltar los sentimientos que despiertan unas bulerías de Paco de Lucía,

o el piano de Yann Tiersen,

o una composición de Tchaikovsky.

Copiar estilos de los buenos,

de Saramago, de Miguel Hernández, de Benedetti…

Agradecer luchas históricas o batallas diarias,

dar las gracias – pero no a Dios-.

Saborear una deliciosa onza de chocolate.

Analizar discursos de grandes oradores o mentiras de bobalicones charlatens.

Corregir mis faltas de ortografía.

Mirarme en el espejo.

Intentar que no me engañen,

informarme.

Observar exquisitas escenas de cine.

Ser algo menos inculta.

Regalar, echar una mano.

Ser feliz…


Y, sin embargo, aquí estoy:

anclada en esquemas,

postrada en apuntes,

adaptándome a normas,

renunciando a mis criterios sobre la importancia,

memorizando nimiedades,

alejándome de lo significativo,

respondiendo al sistema…


Números y cifras,

apto y no apto,

cesura de la inquietud,

grieta de la rebeldía,

ruptura del progreso,

lamento de la utopía…


Dejar de ser feliz,

un elevado coste de oportunidad.