Dame esa tilde
escapada de la atonalidad de estos tiempos
átonos – y atómicos-,
donde no se escribe en esdrújulas
por miedo a adelantarse
de aquellos que, aun hoy,
sin tildes,
zanganean en atontada armonía
de pentagramas no quebrados
ni en notas agudas.
Dame también ese punto
necesario a aquella áurea consigna
del mundo,
que anotaron y publicaron
con la tinta de de la reticencia
en eterna elipsis retenida
- por aristocráticos resabios,
y verdades insatisfechas-.
Y yo te daré mi último vocativo
para que, cuando encuentres
esa tilde y ese punto,
y puedas gritar alto
sobre la atónica atonía de las verdades insatisfechas,
sepas llamarme...
y, tras el punto y aparte,
pongamos nuestra coma.
Qué bonito Anabel! Margax
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