04 septiembre, 2010

De la aventura del 4-F

Una mañana de sábado del apacible mes de septiembre, rodeada de esta temperatura estival a la que hoy no entorpece nube alguna, parece ser un buen momento para dormir, descansar de las pendientes granadinas, de las difíciles calles árabes y del agotamiento que conlleva el caminar esquivando un temido resbalón sobre las pulidas e incrustadas piedras de aquellas calles sinuosas.

Sin embargo, por esa responsabilidad de la que no logro escapar y por eso que afirma mi padre de que el trabajo dignifica a la persona, salto de la cama, hoy más cansada de lo habitual. Pantalones cortos, una camiseta casi olvidada pero que posee algo de especial, y unos deportivos que suponen una terminación imperfecta a estas también imperfectas piernas de tobillo estrecho.

Siempre me gustó mirar hacia el horizonte, otear el paisaje desde una superficie elevada, observar las plantas ornamentales del jardín o los árboles que proporcionan los frutos que nos alimentan. Hay algo realmente extraordinario en ello: la esencia de lo natural. Afortunadamente, cada vez más, nuestra sociedad apuesta por la sensibilidad medioambiental, por la importancia de la naturaleza, de su cuidado. No obstante, existe algo fuera de lo ordinario y de los teóricos valores, y es el contacto directo con la tierra, con sus hierbas buenas y no tan buenas, con los animales que la escarban, con las sustancias que le sirven de abono, con las plagas que acaban con la cosecha o con las aves que embellecen el cielo.

El trabajo de la tierra es duro pero, aparte de proporcionarnos aquello que necesitamos, hace al mundo un regalo tristemente relegado en esta Europa terciarizada: los valores de aquéllos que cuidan cada día la tierra, que llevan a cabo la labor con sus manos y con su esfuerzo; voluntad que tan sólo les sirve para ocupar los escalones inferiores de esta España jerarquizada, a pesar de realizar una tarea imprescindible.

Se podrá apuntar que lo rural no es cultura, que el analfabetismo y la vulgaridad han sido ligados históricamente a zonas no urbanas, que el progreso y la evolución arrancan de las grandes ciudades. Ahora bien, lo que no debemos estar dispuestos a escuchar es que la cultura está desasida o desvinculada de conocer de dónde procede aquello con lo que te nutres, te alimentas; pues el no saber, o incluso el no ser consciente, del peso y la grandeza de la agricultura, de la ganadería, y en esencia de la tierra, sí que te convierte en un verdadero inculto.

Con todo, por una vez, soy una afortunada; dichosa de tener unos abuelos que viven en el campo y bienaventurada (aunque, en ocasiones, concluyo que no tanto) de pisar un suelo no asfaltado, de no pecar de ignorancia cuando el turrón se elabora con una almendra que veo crecer; el aceite con una oliva que engorda ante mi mirada; y la tortilla con unos huevos que las simpáticas gallinas de mi abuela no siempre se apresuran en poner.

Y hoy ha sido, en efecto, uno de esos días. Como un buen don Quijote, mi padre buscó a su Sancho, dotando el Sancho de realismo a lo que idealmente el hidalgo definía. Y ha sido cuestión de poner en marcha a nuestro Rocinante, nuestro compañero de batallas, al que me obstino en cambiar de aspecto al estilo hippie, ante la negativa eterna de mi madre. Nuestro vehículo casi prehistórico, que corre menos que el caballo del malo, pero es tan amable y aguanta tantas aventuras y pataletas como el novelesco Rocinante de don Quijote: nuestro 4-F. Ese semblante tan suyo, rupestre pero expresivo, práctico pero incordioso. Gracias a él, los aventureros tomaron su camino, cercano pero lejano para ir a pie, llegando al destino tan satisfactoriamente como una recogida de almendra merecía.

Es entonces cuando evidentemente comenzó la faena, tropezando con las hierbas que la ingenua emisora defendió ante la implacable y corruptiva acción del sulfato y que mi padre respetó ante la opción, más trabajosa, de la azada o el tractor. Y aquí las contemplamos, a todas ellas, de todas las alturas y verdes posibles, impidiendo una factible recolecta o un trabajo con comodidad. Por otro lado, encontramos a las almendras en sí mismas, hermosas pero escasas; mas, eso sí, duras y seguras como ellas solas. Apuntas, disparas y ellas allí, quietas e inmunes a cualquier traqueteo. Y, entre tanto, el sol brilla y tú echas de menos no estar en la playa; el cuerpo está sediento y tú anhelas la botella de agua que te dejaste antes de partir. Te hace todo ello plantearte la diferencia entre el terrateniente y el campesino, el jefe y el obrero. Eres consciente de que escasea la humildad y de la necesidad de defenderla.

A pesar de las fatigas, cuando consigues tu misión, te sientes satisfecho; orgulloso de lo que has hecho y, en lugar de ocultarlo (como haría algún hombre pobre que, además, es un pobre hombre), lo cuentas y lo compartes; porque sabes que la tierra te da de comer y que el trabajo de unos y el sudor de otros es lo que posibilita la riqueza de aquéllos que se creen merecedores de todas las fortunas de las que gozan por el simple hecho de valerse de la especulación, de los intereses del capital, de los excedentes de sus fábricas o de la plusvalía que consiguen; cosas totalmente artificiales frente a la naturalidad de la que tú eres partícipe. No se trata de ser radical, ni tan siquiera de atenerse a una ideología, esta reflexión parte del simple hecho del observador, del trabajador y del obrero que todavía no soy, pero en el que me he convertido por un día.

Sancho coge el volante y dirige a Rocinante, con el mayor de los cariños pero la más grande de las inexperiencias. No existe la dirección asistida, la radio vagamente funciona y los asientos son pobremente regulables; no importa, llegaremos, cargados de nuestra cosecha pero aun más repletos de la alegría que sucede al trabajo que queda hecho. Y nuestra máquina rueda perfectamente, no se cala en las salidas ni en las pendientes. Solamente cuenta con un problema: no posee la fuerza de tracción propia de un 4x4, que erradicaría obstáculos como el de hoy.

Y es que ocurre que la naturaleza es impredecible y los terrenos moldeables. Aviso a los lectores que las últimas lluvias hicieron correr agua por las ramblas lumbrerenses y, seguramente por eso de la erosión, las planicies ya no lo son tanto. Y entonces llegan los pobres Rocinantes, mal dirigidos por sus jinetes, y quedan tan desnivelados como el terreno. Una rueda abajo, otra arriba, la tercera al vuelo y la cuarta que ya no quieres ni observarla. Y, entonces, Sancho echa el freno de mano, todavía no sé si esperando que alguien lo sacara de allí o evitando hincar la cabeza. El hecho en sí es que es al pobre de don Quijote, iluso y soñador, al que le toca salir del coche, inspeccionar la situación y dar las instrucciones. “Mete la primera y suave”. Y es en ese momento, cuando aceleras brevemente y tan suavemente como don Quijote te indicó, cuando Rocinante se debate entre el vuelco y la estabilidad. Sin embargo, llega aquí la fortaleza del coche de campo, de las cuatro latas y de ese espíritu que estoy segura que este tipo de coches poseen, y te sacan de la situación.

Así que si algún día me escucháis defendiendo al 4-F, o algún otro pariente de su familia, reconoced que tengo motivos suficientes; tantos como para defender esa humildad de la gente de campo, la que verdaderamente trabaja con sus manos y la que goza de toda la autoridad para llamarse obreros en el sentido fiel de la palabra.

03 septiembre, 2010

Cuento gallego de los años cuarenta

"¿Qué opinas de verdad de la Falange?"- preguntaba el primero. "Pues- contestaba su amigo, consciente de que cualquiera podía ser informante de la policía-, en primer lugar, ya sabes; en segundo lugar, ¿qué te puedo decir?"

26 agosto, 2010

¿Dónde estás, que no te encuentro?

Te encontré mas te perdí,

me buscaste y salí huyendo.

Te alejaste y sucumbí,

me olvidaste y te recuerdo.


Te coloreo y ennegreces,

me iluminas y ensombrezco;

te empujo mientras me meces,

me meces mientras me duermo.


Te marcharás y yo aquí

cavaré el hoyo funesto;

hoyo del que un día surgí,

hoyo donde voy muriendo.


Mas, a la hora de partir,

ya sí diré lo que pienso:

“Felicidad, ¿dónde estás?

¿Dónde estás que no te encuentro?


¿Vuelas por altas alturas,

trepas por troncos enhiestos?

¿Te pierdes ante mis dudas,

navegas hacia lo incierto?


Felicidad, te perdí;

no sabes cuánto lo siento.

No te preocupes por mí;

muero, pero sonriendo".

24 agosto, 2010

El conflicto de las clases sociales.

Repasaría por última vez sus apuntes mas ¿para qué hacerlo? Sería mejor leer un rato, aprovechando que había podido sentarse. Nunca encontró las razones, pero había lugares mágicos para gozar de la lectura: el tren, la cama, la playa… Sí, la playa. Tan lejana en este Madrid continental pero tan cercana allí, en sus vacaciones, en su pueblo. Ahora tendría que conformarse con el autobús, tampoco estaba mal. Abrió su mochila, esquivó sus apuntes y sacó el libro al que se dedicaba. Olía a mar. Era cuestión de mover sus páginas para trasladarse al rastrillo donde lo compró, observando un paisaje de playa. Aquel sonido de las olas, las gotas que salpicaban cuando avanzaban por el paseo, el movimiento solemne de las alas de las gaviotas; todo desaparecía en el momento en el que el conductor del autobús frenaba en la siguiente parada, el compañero de asiento le pedía permiso para levantarse o unos muchachos en plena pubertad alzaban su voz como para demostrar lo grave de ésta.

Posó el separador sobre su muslo izquierdo, el de la pierna que siempre cruzaba, y comenzó a ojear a Benedetti. “Para la clasificación de las clases sociales, se habría de tener en cuenta la hora en que cada uno se tira de la cama”. Clara sonrió. Se sentía identificada. La humildad de su pensamiento se correspondía con su espíritu madrugador (a ves, consecuencia de las obligaciones; otras, efecto de la rutina). Sabía que la divagación carecía de fundamento pero, como mínimo, era curiosa.

23 agosto, 2010

El destino y el azar

Tan sólo salir del portón, miraba al cielo, simplemente por comprobar que en esa mañana otoñal había vuelto a equivocarse. Era algo inversamente proporcional: a mayor frío, menos ropa llevaba puesta. Su madre se lo había repetido cientos de veces: “Clara, primero se abre la venta y, luego, se elige la ropa”. Pero ella renunciaba a ser tan previsora; había creado una especie de teoría de la coincidencia. Según ésta la construcción de nuestra vida era en un casi en un cien por ciento fruto del azar, y también de la fortuna dependía el acierto entre el número de mangas o lo grueso del abrigo y los grados que la atmósfera te regalaba. Se trata de una especie de juego: salir, mirar al cielo y reflexionar sobre la suerte que ibas a tener aquel día. Y hoy, en efecto, parecía que no iba a ser un mal día: una temperatura agradable y una ropa ligera.

Las ocho y cuarto. El autobús no pasaba, llegaría tarde, como siempre. Sin embargo, esta mañana no debería ser así.

- ¿39? ¿39? ¡Por allí viene!- anunciaba aquella criatura.

Era un hombre mayor, rechoncho y bigotudo. Sería complicado saber si clasificarlo en el grupo de ancianos dementes, jubilados no resignados a hacerse mayores o, tal vez, jóvenes que dejaron, prematuramente, de serlo gracias al alcohol o a las drogas. Era un elemento más de la parada, la voz del altavoz que no existía, la cara de la espera. Era una figura más de la ciudad, el chiste del transcurrir del tiempo; el duelo del aprovechamiento de la vida.

No obstante, a Clara le había encantado esta vez escuchar aquella voz, una rota voz de Sabina, castigada pero profunda. En efecto, hoy iba a ser un buen día; aquel hombre ya le había ofrecido una buena noticia: el autobús llegaba.

20 agosto, 2010

Deberían parecerse a los perros.

Pero eran las ocho de la mañana y ya debía disponerse hacia la temida rutina. Calentar la leche, bebérsela desafiando los poros de su lengua ante los grados que había alcanzado, y abrir el grifo para que el cacao no se solidificara convirtiéndose en consistentes peñascos difíciles de despegar de las paredes del tazón infantil al que había renunciado a sustituir.

Después tocaba coger la carpeta, el bolso y las llaves; y, antes de cerrar, echarse un vistazo en el espejo que tanto miedo le daba observar; pues no le mostraba el futuro pero le hacía planteárselo.

Bajaba en el ascensor y, a la salida del portón de su bloque, saludaba (como cada mañana) a la vecina del segundo cuya simpatía se desequilibraba ante el contraste con los halagos de su Foxterrier. Hugo era un perro atento que no dejaba pasar la ocasión para tirar de la cadena que lo limitaba y olfatear los pies de un miembro del vecindario. Fijaba su mirada en la tuya, como deseando que entendieras que tú eras su amigo; todo lo contrario a su dueña. Ahora es cuando Clara apostaba por que los amos deberían parecerse más a los perros.

19 agosto, 2010

Un paseo por Madrid.

No obstante, y a pesar de los reproches que sus propios ideales le hacían, Clara agradecía el estar estudiando en Madrid. Tenía la oportunidad de recorrer cada una de las exposiciones que de niña envidiaba examinar, sentada frente al televisor. Podía pasear por el Retiro, contemplar la fachada de aire neoclásico de la Catedral de la Almudena, saludar a los leones que presidían la puerta del Congreso de los Diputados. Siempre miraba a los animales, sonriéndoles, como si aquel trozo de piedra tallada fuese capaz de comprender sus reflexiones. Verdaderamente, se reía de estas propias meditaciones. Se reía de lo hipócrita de la política que, antepone la cara de seriedad (ya en la entrada, con aquellas fieras recostadas), y luego la olvida por completo. Con todo, tan sólo se trataba de su opinión, pero le servía para soltar alguna risa tímida cada mañana.

A Madrid también le debía la virtud del anonimato, todo lo que había madurado y unos pocos buenos amigos. Entre ellos, Lidia, a la que habría de visitar aquella tarde. Y, por supuesto, estaba en deuda con la ciudad de la Cibeles desde el mismo momento en que conoció a Pablo.

Muchas veces había explorado la idea de que, si sus padres no la hubieran enviado a Madrid, ahora no sabría de una de las personas a las que más quería en el mundo. Es por ello por lo que Clara no creía en un amor único y verdadero, sino fruto del destino, la coincidencia y la casualidad. Aquella deducción no le impedía, sin embargo, amara a Pablo tanto como a otras muchas cosas (porque odiaba la expresión por encima de todas las cosas, con lo tiquismiquis de su cuidado lenguaje) y sentir por él una admiración total que mutilaba sus defectos.

Además, Madrid le había hecho entender eso que, pocas veces, exponían el telediario; que España contaba con casi un veinte por ciento de personas viviendo por debajo de la línea de pobreza nacional. Ella no lo veía en su pueblo. Clara exploraba la idea, y concluía evocando el lugar donde habitaban sus padres; las diferencias eran poco marcadas. Los jóvenes frecuentaba unos mismos lugares de recreo y formaban parte de círculos comunes (quizás, porque eran pocos los lugares de recreo). Las mujeres realizaban las compras en las mismas tiendas y los hombres tomaban juntos la cerveza de después del trabajo (quizás, porque escasas eran las tiendas y escasos los bares). Cierto es que podía aparecer en cualquier momento algún orgulloso u orgullosa que pronto se ganaba el cuchicheo de sus vecinos; pero, en esencia, se contaban en número reducido aquéllos que miraban por encima del hombro.

Sin embargo, aquí en la capital, era distinto. Bastaba con recorrer concienzudamente una de las calles que se dirigen a la Puerta del Sol. Entre el tumulto, observábamos a inmigrantes valiéndose de la artesanía y la piratería para ganarse el sustento, entorpeciendo los elegantes taconazos de señoras recién salidas de peluquería. La bisutería artesanal contrastaba con las brillantes y enormes joyas de estas doncellas, y sus manos cargadas de bolsas de las más exquisitas marcas, con las manos vacías del vagabundo que interpretaba a un guitarrista en la esquina de la calle. El lotero miraba triste al banquero y la anciana señora cuya pensión no le daba para mucho en aquella ciudad, trataba de responder a los gustos de las jóvenes pero exigentes burguesas, elaborando los broches de fieltro que tanto se estilaban. El mimo se había disfrazado de rey, pero aún no residía en la Zarzuela, y un anciano atípico se cubría de unas harapientas ropas, acompañadas de un paso amansado y unos ojos llorosos.

Clara suponía que todos éstos eran a los que se referían las noticias escasamente, y acababa sintiéndose afortunada por su posición.