Una mañana de sábado del apacible mes de septiembre, rodeada de esta temperatura estival a la que hoy no entorpece nube alguna, parece ser un buen momento para dormir, descansar de las pendientes granadinas, de las difíciles calles árabes y del agotamiento que conlleva el caminar esquivando un temido resbalón sobre las pulidas e incrustadas piedras de aquellas calles sinuosas.
Sin embargo, por esa responsabilidad de la que no logro escapar y por eso que afirma mi padre de que el trabajo dignifica a la persona, salto de la cama, hoy más cansada de lo habitual. Pantalones cortos, una camiseta casi olvidada pero que posee algo de especial, y unos deportivos que suponen una terminación imperfecta a estas también imperfectas piernas de tobillo estrecho.
Siempre me gustó mirar hacia el horizonte, otear el paisaje desde una superficie elevada, observar las plantas ornamentales del jardín o los árboles que proporcionan los frutos que nos alimentan. Hay algo realmente extraordinario en ello: la esencia de lo natural. Afortunadamente, cada vez más, nuestra sociedad apuesta por la sensibilidad medioambiental, por la importancia de la naturaleza, de su cuidado. No obstante, existe algo fuera de lo ordinario y de los teóricos valores, y es el contacto directo con la tierra, con sus hierbas buenas y no tan buenas, con los animales que la escarban, con las sustancias que le sirven de abono, con las plagas que acaban con la cosecha o con las aves que embellecen el cielo.
El trabajo de la tierra es duro pero, aparte de proporcionarnos aquello que necesitamos, hace al mundo un regalo tristemente relegado en esta Europa terciarizada: los valores de aquéllos que cuidan cada día la tierra, que llevan a cabo la labor con sus manos y con su esfuerzo; voluntad que tan sólo les sirve para ocupar los escalones inferiores de esta España jerarquizada, a pesar de realizar una tarea imprescindible.
Se podrá apuntar que lo rural no es cultura, que el analfabetismo y la vulgaridad han sido ligados históricamente a zonas no urbanas, que el progreso y la evolución arrancan de las grandes ciudades. Ahora bien, lo que no debemos estar dispuestos a escuchar es que la cultura está desasida o desvinculada de conocer de dónde procede aquello con lo que te nutres, te alimentas; pues el no saber, o incluso el no ser consciente, del peso y la grandeza de la agricultura, de la ganadería, y en esencia de la tierra, sí que te convierte en un verdadero inculto.
Con todo, por una vez, soy una afortunada; dichosa de tener unos abuelos que viven en el campo y bienaventurada (aunque, en ocasiones, concluyo que no tanto) de pisar un suelo no asfaltado, de no pecar de ignorancia cuando el turrón se elabora con una almendra que veo crecer; el aceite con una oliva que engorda ante mi mirada; y la tortilla con unos huevos que las simpáticas gallinas de mi abuela no siempre se apresuran en poner.
Y hoy ha sido, en efecto, uno de esos días. Como un buen don Quijote, mi padre buscó a su Sancho, dotando el Sancho de realismo a lo que idealmente el hidalgo definía. Y ha sido cuestión de poner en marcha a nuestro Rocinante, nuestro compañero de batallas, al que me obstino en cambiar de aspecto al estilo hippie, ante la negativa eterna de mi madre. Nuestro vehículo casi prehistórico, que corre menos que el caballo del malo, pero es tan amable y aguanta tantas aventuras y pataletas como el novelesco Rocinante de don Quijote: nuestro 4-F. Ese semblante tan suyo, rupestre pero expresivo, práctico pero incordioso. Gracias a él, los aventureros tomaron su camino, cercano pero lejano para ir a pie, llegando al destino tan satisfactoriamente como una recogida de almendra merecía.
Es entonces cuando evidentemente comenzó la faena, tropezando con las hierbas que la ingenua emisora defendió ante la implacable y corruptiva acción del sulfato y que mi padre respetó ante la opción, más trabajosa, de la azada o el tractor. Y aquí las contemplamos, a todas ellas, de todas las alturas y verdes posibles, impidiendo una factible recolecta o un trabajo con comodidad. Por otro lado, encontramos a las almendras en sí mismas, hermosas pero escasas; mas, eso sí, duras y seguras como ellas solas. Apuntas, disparas y ellas allí, quietas e inmunes a cualquier traqueteo. Y, entre tanto, el sol brilla y tú echas de menos no estar en la playa; el cuerpo está sediento y tú anhelas la botella de agua que te dejaste antes de partir. Te hace todo ello plantearte la diferencia entre el terrateniente y el campesino, el jefe y el obrero. Eres consciente de que escasea la humildad y de la necesidad de defenderla.
A pesar de las fatigas, cuando consigues tu misión, te sientes satisfecho; orgulloso de lo que has hecho y, en lugar de ocultarlo (como haría algún hombre pobre que, además, es un pobre hombre), lo cuentas y lo compartes; porque sabes que la tierra te da de comer y que el trabajo de unos y el sudor de otros es lo que posibilita la riqueza de aquéllos que se creen merecedores de todas las fortunas de las que gozan por el simple hecho de valerse de la especulación, de los intereses del capital, de los excedentes de sus fábricas o de la plusvalía que consiguen; cosas totalmente artificiales frente a la naturalidad de la que tú eres partícipe. No se trata de ser radical, ni tan siquiera de atenerse a una ideología, esta reflexión parte del simple hecho del observador, del trabajador y del obrero que todavía no soy, pero en el que me he convertido por un día.
Sancho coge el volante y dirige a Rocinante, con el mayor de los cariños pero la más grande de las inexperiencias. No existe la dirección asistida, la radio vagamente funciona y los asientos son pobremente regulables; no importa, llegaremos, cargados de nuestra cosecha pero aun más repletos de la alegría que sucede al trabajo que queda hecho. Y nuestra máquina rueda perfectamente, no se cala en las salidas ni en las pendientes. Solamente cuenta con un problema: no posee la fuerza de tracción propia de un 4x4, que erradicaría obstáculos como el de hoy.
Y es que ocurre que la naturaleza es impredecible y los terrenos moldeables. Aviso a los lectores que las últimas lluvias hicieron correr agua por las ramblas lumbrerenses y, seguramente por eso de la erosión, las planicies ya no lo son tanto. Y entonces llegan los pobres Rocinantes, mal dirigidos por sus jinetes, y quedan tan desnivelados como el terreno. Una rueda abajo, otra arriba, la tercera al vuelo y la cuarta que ya no quieres ni observarla. Y, entonces, Sancho echa el freno de mano, todavía no sé si esperando que alguien lo sacara de allí o evitando hincar la cabeza. El hecho en sí es que es al pobre de don Quijote, iluso y soñador, al que le toca salir del coche, inspeccionar la situación y dar las instrucciones. “Mete la primera y suave”. Y es en ese momento, cuando aceleras brevemente y tan suavemente como don Quijote te indicó, cuando Rocinante se debate entre el vuelco y la estabilidad. Sin embargo, llega aquí la fortaleza del coche de campo, de las cuatro latas y de ese espíritu que estoy segura que este tipo de coches poseen, y te sacan de la situación.
Así que si algún día me escucháis defendiendo al 4-F, o algún otro pariente de su familia, reconoced que tengo motivos suficientes; tantos como para defender esa humildad de la gente de campo, la que verdaderamente trabaja con sus manos y la que goza de toda la autoridad para llamarse obreros en el sentido fiel de la palabra.
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