Repasaría por última vez sus apuntes mas ¿para qué hacerlo? Sería mejor leer un rato, aprovechando que había podido sentarse. Nunca encontró las razones, pero había lugares mágicos para gozar de la lectura: el tren, la cama, la playa… Sí, la playa. Tan lejana en este Madrid continental pero tan cercana allí, en sus vacaciones, en su pueblo. Ahora tendría que conformarse con el autobús, tampoco estaba mal. Abrió su mochila, esquivó sus apuntes y sacó el libro al que se dedicaba. Olía a mar. Era cuestión de mover sus páginas para trasladarse al rastrillo donde lo compró, observando un paisaje de playa. Aquel sonido de las olas, las gotas que salpicaban cuando avanzaban por el paseo, el movimiento solemne de las alas de las gaviotas; todo desaparecía en el momento en el que el conductor del autobús frenaba en la siguiente parada, el compañero de asiento le pedía permiso para levantarse o unos muchachos en plena pubertad alzaban su voz como para demostrar lo grave de ésta.
Posó el separador sobre su muslo izquierdo, el de la pierna que siempre cruzaba, y comenzó a ojear a Benedetti. “Para la clasificación de las clases sociales, se habría de tener en cuenta la hora en que cada uno se tira de la cama”. Clara sonrió. Se sentía identificada. La humildad de su pensamiento se correspondía con su espíritu madrugador (a ves, consecuencia de las obligaciones; otras, efecto de la rutina). Sabía que la divagación carecía de fundamento pero, como mínimo, era curiosa.
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