23 agosto, 2010

El destino y el azar

Tan sólo salir del portón, miraba al cielo, simplemente por comprobar que en esa mañana otoñal había vuelto a equivocarse. Era algo inversamente proporcional: a mayor frío, menos ropa llevaba puesta. Su madre se lo había repetido cientos de veces: “Clara, primero se abre la venta y, luego, se elige la ropa”. Pero ella renunciaba a ser tan previsora; había creado una especie de teoría de la coincidencia. Según ésta la construcción de nuestra vida era en un casi en un cien por ciento fruto del azar, y también de la fortuna dependía el acierto entre el número de mangas o lo grueso del abrigo y los grados que la atmósfera te regalaba. Se trata de una especie de juego: salir, mirar al cielo y reflexionar sobre la suerte que ibas a tener aquel día. Y hoy, en efecto, parecía que no iba a ser un mal día: una temperatura agradable y una ropa ligera.

Las ocho y cuarto. El autobús no pasaba, llegaría tarde, como siempre. Sin embargo, esta mañana no debería ser así.

- ¿39? ¿39? ¡Por allí viene!- anunciaba aquella criatura.

Era un hombre mayor, rechoncho y bigotudo. Sería complicado saber si clasificarlo en el grupo de ancianos dementes, jubilados no resignados a hacerse mayores o, tal vez, jóvenes que dejaron, prematuramente, de serlo gracias al alcohol o a las drogas. Era un elemento más de la parada, la voz del altavoz que no existía, la cara de la espera. Era una figura más de la ciudad, el chiste del transcurrir del tiempo; el duelo del aprovechamiento de la vida.

No obstante, a Clara le había encantado esta vez escuchar aquella voz, una rota voz de Sabina, castigada pero profunda. En efecto, hoy iba a ser un buen día; aquel hombre ya le había ofrecido una buena noticia: el autobús llegaba.

No hay comentarios:

Publicar un comentario