Pero eran las ocho de la mañana y ya debía disponerse hacia la temida rutina. Calentar la leche, bebérsela desafiando los poros de su lengua ante los grados que había alcanzado, y abrir el grifo para que el cacao no se solidificara convirtiéndose en consistentes peñascos difíciles de despegar de las paredes del tazón infantil al que había renunciado a sustituir.
Después tocaba coger la carpeta, el bolso y las llaves; y, antes de cerrar, echarse un vistazo en el espejo que tanto miedo le daba observar; pues no le mostraba el futuro pero le hacía planteárselo.
Bajaba en el ascensor y, a la salida del portón de su bloque, saludaba (como cada mañana) a la vecina del segundo cuya simpatía se desequilibraba ante el contraste con los halagos de su Foxterrier. Hugo era un perro atento que no dejaba pasar la ocasión para tirar de la cadena que lo limitaba y olfatear los pies de un miembro del vecindario. Fijaba su mirada en la tuya, como deseando que entendieras que tú eras su amigo; todo lo contrario a su dueña. Ahora es cuando Clara apostaba por que los amos deberían parecerse más a los perros.
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