10 octubre, 2010

Me abandonaste


Te recuerdo mirándome a los ojos, fijándote en mí con una especie de admiración que, sin duda, era auténtica. Te acercabas a mi cuerpo, buscando una proximidad que cada uno de nosotros necesitamos, función vital y además hermosa. Echo de menos cuando te sentabas a mi lado, en mis peores días. Yo, sola, postrada en aquel prado que era el nuestro, tirada por el suelo, arrastrada por las penas, pensativa por el instinto ilógico de la ilógica reflexión; y tú, también solitario, aparecías, camino abajo, con paso disonante pero simpatía coordinada. Juntos dejábamos de ser dos almas desoladas en el yermo paisaje para ser capaces de convertirnos en dos mundos enloquecidos que se unen en el sueño de la armonía del amor y de la ternura, de los sentimientos puros, sin máscaras ni arrecifes.

Eras el único que me entendías sin mediar palabra. Sabías permanecer quieto, adornando de solemnidad el paso del tiempo, cuando realmente me era imprescindible parar a pensar. Sabías moverte mucho y muy rápido, acelerando tu gran corazón y a la vez el mío, cuando ciertamente necesitaba un impulso en mi vida, una chispa en la piedra del mechero que escasea de gas.

Y, ahora, días después, me di cuenta de que me abandonaste; y abandonaste también esos lugares donde dejabas la huella pintada de la tinta imborrable. Y, ahora, días después, me di cuenta de que me abandonaste; y abandonaste también los proyectos que compartíamos sin jamás contárnoslos o aquellas ansias de libertad que transmitíamos cuando deambulábamos, cuando acelerábamos el paso, atajábamos o alargábamos el camino.

Nos quedaron muchas cosas por hacer. Faltaron muchos paseos, abundantes saltos que denotaban alegría, numerosas caricias detrás de las orejas o en tu barriga. Muchos gritos que te llamaran, a mi llegada, que respondías acudiendo cada día como si no lo hubieses hecho nunca o no volvieras a hacerlo jamás.

No te podré sustituir pero tampoco conservaré nada de ti. Dijo Shakespeare, “No guardaré nada para recordarte, porque hacerlo sería reconocer que puedo olvidarte”, y eso no lo quiero contigo. Dejas un ejemplo; un ejemplo de lealtad, de amistad, de honradez.

Adiós, amigo, no me cansaré de repetir alto y claro lo mucho que te quiero.

Adiós, Chusco; adiós, mi perro.

Octubre, 2010

2 comentarios:

  1. ¿Qué decir de está hermosa lectura?
    Hay tantas cosas que se pueden contar que podría pasarme el día escribiendo y todavía me faltaría tiempo para escribirlas todas.
    Me encanta el modo en que te expresas: tienes un amplio léxico repleto de cultismos que hacen muy agradable tu lectura, además, en tu modo de expresarte transmites cercanía y eso es muy bonito.
    Sinceramente, me ha gustado mucho leer las entradas que has publicado (y las que publicarás).
    Te deseo mucha suerte y que sigas adelante.

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