Suenan las campanas, con ese tintineo entre grave y agudo, entre perfilado y desdibujado. Algo me dice que mañana volveré a escuchar las campanas, adornando cada hora, señalando cada instante. Podría encontrar la utilidad a su din-don incansable, prescindir del reloj, de la hora digital de mi móvil... Sería realmente recurrente utilizar el sonido de las campanas.
Pero sólo siento tristeza y nostalgia cuando escucho su melodía; cuando, estando atenta o distraída, me gritan que ya es la hora, la hora en punto. No tengo nada que hacer (aun dejando muchas tareas pendientes y muchos retos abandonados), salvo oír el murmullo de las campanas.
Hoy me han confesado que el tiempo pasa y que lo estoy dejando correr. Me han suplicado que viva y aproveche el momento. Me han recordado que estoy perdiendo muchas oportunidades que no recuperaré. Me han aconsejado que olvide, que obvie, que no contemple. Me han dicho que me quieren, que valgo la pena.
Y yo aquí, realmente imbécil -sí, muy imbécil-, sigo escuchando la inmortal música de mis campanas.
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