Es triste (y, sobre todo, hipócrita) esperar a que sea el cumpleaños de alguien, su santo o fechas navideñas para felicitarle, desearle lo mejor o recordarle que aquí te tiene para lo que quiera. Verdaderamente, eso son trámites de los que cada vez voy ahorrando más, aprovechando la energía y las ganas para aquéllos a los que realmente quiero, que me parecen merecérselo o a los que, simplemente, me apetece regalarles una sonrisa.
Y es ahora uno de esos momentos en los que por palabras regaladas, palabras que ni tan siquiera han sido escuchadas, sino escritas; por las que me veo en la necesidad de dar las gracias por duplicado.
Esta tarde, explorando las calles cercanas a este piso con dos grandes amigos, llegué a un lugar casi olvidado. La primera vez que aterricé en aquel café, adornado de libros por sus paredes, aterricé con la mayor de las incertidumbres: una ciudad nueva, un café novedoso y un compañero desconocido. Casi un año después, la urbe ya no es tan nueva ni el café tan novedoso; y, aunque las personas - por complejas- siguen siendo desconocidas, ha pasado un año y he aprendido mucho.
Puede que sea el pasar de esos años, o los acontecimientos; pero, indudablemente, he madurado. Muchas veces temo que esa madurez sea el mayor de mis problemas, pero considero que no me es tan imprescindible la inclusión social como la coherencia conmigo misma. Algo de eso tiene que ver la razón por la que esta noche me he puesto a escribir: sé que tengo una gran amiga.
Podría afirmar, sin equivocarme, que le debo muchas cosas. No sé si algún café pero, desde luego, inmaterialmente estoy en una deuda con ella. Sin embargo, no es lo que yo he hecho por ella ni lo que ella ha hecho por mí la razón por la que sé que es mi amiga. Podría tratarse de una intuición, pero sé que es algo del compaginar, de la preocupación. Esta tarde me recordaste una frase que dije algún día, ésa de que “No hay nada perdido si sabes dónde está” y no tan sólo me encantó el escucharla (ya la había olvidado) sino que me di cuenta de que ya hacía cuatro o cinco años y allí estábamos tomando café. Un amigo no es al que llamas todos los días, acaso algo más complejo; sabes que siempre puedes llamarlo.
Gracias por tu amistad, por tu sencillez y por tus nulos teatros; gracias por ser un poquitín como yo y mucho como tú misma.
Gracias por todo, camarada. Sé feliz y cuídate.