17 septiembre, 2010

Por principios

Está de moda:

El agachar la cabeza o levantarla en demasía,

el cerrar la boca o decir estupideces,

el hacer la vista gorda o pecar de entrometidos,

el disimular las incompatibilidades o declararse la guerra,

el seguir la corriente o el ser un extravagante,

el adaptarse y no cambiar nada o el querer cambiarlo todo,

el responder sí sin asertividad o ser asertivo sin razones,

el ser positivo ante la miseria tercermundista y negativo ante el paro español,

el reír por un mal chiste y aburrirse con un buen poema,

el hablar perfectamente inglés y no conocer a Cervantes,

el sentirse integrado y desear ser único,

el ser católico o antieclesiástico,

el barrer para tu casa y envidiar la casa de todos,

el no mirarte el ombligo pero juzgar libremente el de los demás,

el comprarte un buen coche y pagar cara la hipoteca,

el disimular que eres tico o el ser hippie pero llevar Converse.

Y todo esto me lleva a pensar

que sólo hay un principio claro:

no tenerlo.

Por principios escribí este poema;

sólo por principios.

15 septiembre, 2010

Y las campanas...

Suenan las campanas, con ese tintineo entre grave y agudo, entre perfilado y desdibujado. Algo me dice que mañana volveré a escuchar las campanas, adornando cada hora, señalando cada instante. Podría encontrar la utilidad a su din-don incansable, prescindir del reloj, de la hora digital de mi móvil... Sería realmente recurrente utilizar el sonido de las campanas.

Pero sólo siento tristeza y nostalgia cuando escucho su melodía; cuando, estando atenta o distraída, me gritan que ya es la hora, la hora en punto. No tengo nada que hacer (aun dejando muchas tareas pendientes y muchos retos abandonados), salvo oír el murmullo de las campanas.

Hoy me han confesado que el tiempo pasa y que lo estoy dejando correr. Me han suplicado que viva y aproveche el momento. Me han recordado que estoy perdiendo muchas oportunidades que no recuperaré. Me han aconsejado que olvide, que obvie, que no contemple. Me han dicho que me quieren, que valgo la pena.

Y yo aquí, realmente imbécil -sí, muy imbécil-, sigo escuchando la inmortal música de mis campanas.

10 septiembre, 2010

Reflexión de una lectura

Yo también inventé un árbol grande, tan grande como el suyo, y también me quise quedar atrapada entre sus ramas...

SIN PALABRAS

Yo inventé un árbol grande,

más grande que un hombre,

más grande que una casa,

más grande que una última esperanza.

Me quede con el años y años

bajo su sombra

esperando que me hablara.

Le cantaba canciones,

lo abrazaba,

le rascaba su rugosa corteza

entretejida de helechos,

mi risa reventaba flores en sus ramas,

y a cada gesto mio le crecían hojas,

le brotaban frutas...

Era mío como nunca nada ha sido mío,

pero no me hablaba.

Yo vivíaa pendiente de sus ruidos,

oyendo su suave aleteo de mariposa,

su crujido de animal de la selva

y soñaba su voz como un hermoso canto,

pero no me hablaba.

Noches enteras lloré a sus pies,

apretujada entre sus raíces,

sintiendo sus brazos sobre mí,

viéndolo erguido sobre mí,

sabiendo que me estaba pensando,

pero no me hablaba...

Aprendí a cantar como pájaro

a encenderme como luciérnaga,

a relinchar como caballo.

A veces me enfurecía y hacía que se le cayeran

todas las hojas,

lo dejaba desnudo y avergonzado

ante los guanacastes,

esperando que -tal vez- entendería por mal,

como algunos hombres,

pero nada.

Aprendí tantas cosas para poder hablarle,

me desnudé de tantas otras necesidades

que olvidé hasta cómo me llamaba,

olvidé de dónde venía,

olvidé a qué especie de animal pertenecía

y quedé muda y siempreverde

-esperanzada-

entre sus ramas.

(Gioconda Belli)

08 septiembre, 2010

¿Por qué no vendemos la Copa del Mundo?

Un desfile, excesivamente lento. No se trata de una fila militar, ni de la espera de los niños para recibir el detalle baratero de la Cabalgata de Reyes. No es la entrada de un concierto, tampoco la cola propia de las tiendas de Vodafone o la de la Comisaría a la hora de renovar el Documento Nacional de Identidad. Fácilmente podría coincidir con la que dibujan los desempleados en las oficinas del INEM, que se encaminan a encontrar una leve esperanza ante su situación laboral. Pero esta vez, no. Basta con observar las caras de aquéllos que la constituyen; no son rostros de pena, ni de desesperación. Tan sólo algún abanico, varias gafas de sol, alguna mujer seria que acompañó a su marido o algún otro que, como yo, llegó allí, circunstancialmente; sin comérselo ni bebérselo, pero allí estaba.

Verdaderamente, es un sabor semi-amargo el que obtuve de tal contemplación. Por un lado, me alegraron las sonrisas de los niños que aguantaban la tremenda solanera con la firmeza del campeón. Serán personas muy comprometidas socialmente, lo que no me queda claro es si las causas sociales que defenderán serán las que mejoren el Mundo o las que paralicen tal mejora. Por otro lado, también supe de la amargura; la que me produjeron las sonrisas de los padres, de los abuelos, de los jóvenes… Y no es porque no me guste ver al Mundo feliz; sino porque algo me dice que, entre la multitud, había algún anciano con paupérrima pensión; varios estudiantes que no encontrarán trabajo tras su esfuerzo (personal y económico); estoy segura de que habría alguna alegre mujer que dejó de serlo – no mujer, sino alegre- por la represión machista de su marido o por la diferencia entre su salario y el de su compañero de trabajo. Me consta que allí se encontraban adultos, cabezas de familia, que acababan de perder su empleo y se debatían entre la posibilidad y la imposibilidad de seguir costeando los gastos universitarios de sus hijos.

Y, claro, lo que este circo que se ha montado nos lleva a pensar es que una cosa es el momento económico que el país está viviendo; y otra, muy distinta, son los triunfos deportivos. E, igual de obvio, debiera ser el que, mientras nos enorgullecemos sobre lo bien que jugamos al fútbol (desde luego, no es mi caso) y exaltamos lo fantásticos que somos los españoles; pues, aunque sea por un momento, se nos olvidan el resto de asuntos: el recorte de derechos, la facilidad de despido, el déficit cultural que lleva a los estudiantes españoles al final de ranking europeo, las injusticias, la escasez de criterios y de valores, la próxima Huelga General; al fin y al cabo, el futuro de nuestra sociedad.

Y a algunos les vendrá estupendo (por decir, se dice que tal mérito futbolístico supone hasta un aumento del consumo); pero, quizás, a todos, como conjunto- sí, como españoles, europeos- no nos favorezca en demasía el despistarnos ociosamente obviando la no tan idealista ni grandiosa realidad.

Por fortuna, aún quedas amigos, con los que salirse de la fila y echar la foto desde fuera. Sentarse, tomar un café y un buen pastel para endulzar las penas. Hablar de lo mal que va el Mundo, de lo elitista en que se está convirtiendo el hecho de estudiar y de que todos queremos formar parte de esa élite. Charlar de temas más cotidianos; de lo tarde que para beberse el café solo, de sus decepciones amorosas y de las mías. Ridiculizar la victoria de la Selección; afirmando, entre risas, que nos han dado este áureo premio por ser los más tontos; los más tontos del Mundo.

Sólo se nos escapó un detalle, amigo. ¿Por qué no la vendemos? ¿No es nuestra, de todos? ¿Por qué no subastamos la Copa del Mundial? Porque, viendo como está el panorama, ya todo lo que tiene un valor se llama capital.

Pastillas para no soñar

Me había levantado buscando pastillas para no soñar; quién iba a decirme que un sacapuntas iba a cambiar mi humor...

06 septiembre, 2010