27 diciembre, 2021

El horno

 

El horno encendido, buscando para el rescoldo la temperatura exacta. Parece que la leña, con la humedad de anoche, no pone las cosas demasiado fáciles, pero la prisa la hemos dejado en casa. Bastante ha trabajado ya este año, me digo. Las tortas de Pascua aún no parecen haber crecido lo suficiente, pero la abuela dice que tienen buena pinta, lo que casi siempre es una inequívoca señal. Entre tanto, añadimos la manteca a los pasteles, para poco después empezar con esos debates que verdaderamente trascienden: “yo le echaba un poco más de mistela”, dice mi tío. La abuela no lo ve claro.
Me toca amasar, que los brazos están cansados, y los kilos empiezan a ser demasiados para tantos años. “Recoge bien la harina de los lados, que no se quede nada en el barreño”, dice la abuela con ese halo de sabiduría popular que nunca encontré en los papeles. Y una se esmera, simulando ser una profesional, pecando de preguntona y haciéndose una idea de cómo sería aquello unos años antes, en alguna sierra cercana, con los vecinos arrimándose al horno, celebrando la Navidad de los Santos a la Candelaria.
“Os habéis pasado de pasteles”, dice mi madre. Y nos echa una mano, mientras tres generaciones se reparten, nunca mejor dicho, el pastel, y también el hueco en la mesa; demasiado cerca para estos tiempos, dicen. Entre tanto, el horno espera las tortas que, calientes bajo el tendío, empiezan a coger posición y color, mientras se les lava la cara y se endulza su exterior, y todo, por instantes, comienza a acelerarse, porque el momento es exactamente ahora. Entonces, en una especie de ritual, la abuela mete las tortas al horno, mientras mis ojos se asoman, tan expectantes por el futuro próximo, que olvido las fotos para inmortalizar el instante, como esas cosas que una no apunta en la agenda porque tiene claro que no olvidaría jamás.
La sensación de la tierra me espera. Y mientras el horno moruno hace su trabajo, me siento en el suelo, aprovechando el caballón que abrigaba la acequia. Cuánto tiempo hacía que el tiempo no era lento, me digo. Muy pronto, vienen los recuerdos de otra Pascua, cuando al llegar a casa del abuelo, cualquiera de los dos decía “vamos a echar un rato”, y el otro no hacía más que acompañar los cantos de esta tierra y de aquellos tiempos. Y si era domingo, enfundábamos y desenfundábamos los instrumentos como entrada y salida del 205 del abuelo, que aquel día nos llevaría, quizás, a Vélez, al Cabezo, o Dios sabe adónde, pero allí la alegría, y en ningún sitio, la pena. Y al llegar a casa, a ayudar con los preparativos, que luego vienen tíos y primos, y todos estamos cansados después de toda una noche de casa en casa, comiendo y cantando como si esta felicidad fuese eterna.
Esta Navidad va a ser especialmente triste, me digo.
Pero mi padre sube el camino, seguramente, buscando algo caliente en la puerta del horno. Y por el trote diría que ahora sí que respira mejor que bien, y que está por recuperar el mes del año perdido. Vaya tiempos.
“Esto ya está”, dice mi tío. Y las tortas no se han despedido del horno, cuando ya han tenido algún tropiezo. “Habrá que probarlas a ver si han salido buenas”, se ríe, porque esta parte del ritual sí que la conocemos todos bien. “Están algo morenas”, apunta la abuela, que siempre tiene algo que decir. Y mientras ella balancea la cabeza buscando algún otro defecto, yo le pego un bocado que me sabe a gloria. Entre tanto, tarareo los recuerdos, y el soniquete de los cantos de Pascuas viene del cielo poniendo la banda sonora. “Son las mejores tortas que me he comido en mi vida”, les digo. Y les digo la verdad, mientras ellos siguen calculando alguna posible mejora.
Yo, continúo alimentando cuerpo y alma, mientras le doy gracias a la vida en cada bocado. Entre tanto, y con la esperanza de que falten aún muchos años, imagino cómo contar a otros esta receta, que tan bien suena y sabe. Después de todo, el horno debe seguir encendido. Y esta forma de Navidad será, por siempre, la nuestra.

16 marzo, 2020

En positivo

A algunas personas cercanas les he dicho estos últimos días que no voy a abrir sus audios o vídeos. Eso sí, después de darles las gracias por lo que considero una buena intención. 

Estoy informada de la situación (aunque reconozco que de forma cada vez más racionada) pero, con sinceridad, me gusta poco comentar la evolución de todo esto con aquellos (que más allá de su acierto o desacierto) vuelven de manera cíclica a sus pesimistas predicciones. No hacen nada (como tampoco hago yo) por la ciencia y hacen mucho por empeorar la salud mental colectiva, cuyas muestras de debilidad empezamos a observar y, directamente, a sufrir por mucho control emocional que uno tenga. 

Que esto es grave, claro que lo es. Y provoca ansiedad y desconcierto. Pero, al margen de permanecer en nuestras respectivas casas (aquellos que podamos tener el privilegio, por cierto), no podemos hacer más que ser pacientes y optimistas. Y bueno, por qué no, hacer una lectura en positivo. 

En estos últimos días: 

- Ha aumentado mi confianza en algunos líderes políticos, de izquierdas y derechas a partes iguales. Creo que está bien ser más confiado; especialmente, cuando las decisiones no están para nada en tus manos. 

- He reconocido en mis alumnos a personas responsables y encontrado espacios para compartir preocupaciones e intereses, para hablar con los verdaderos humanos que piensan y sienten más allá de un listado universitario numérico, del que consideramos frecuentemente la cantidad. He crecido, entonces, como docente; también, seguramente, como persona.

- He visto renacer la conciencia de clase. El #yonopuedoquedarmeencasa es mayoritario en muchos hogares de mi pueblo. Son -somos, porque así me considero- los trabajadores de lo que ahora llaman sectores críticos del país. Son los trabajadores mal pagados que desempeñan su tarea en aquellos ámbitos de los que partió todo (la agricultura, el sector de la alimentación, los transportes...) y que tanto hemos desvirtuado a base de crear necesidades e inventar índices en bolsas que no entendemos la inmensa mayoría. 

- He visto aflorar sentimientos puros entre la gente. Muestras de solidaridad, voluntarios, iniciativas culturales bellísimas que ponen de manifiesto el capital que tiene el pueblo (ver Rondadores contra el virus en Facebook, por ejemplo). 

- He recibido mensajes de personas con las que no hablaba desde hace años; personas con las que coincidí de forma anecdótica y casual que, sin embargo, guardamos recíprocamente buenos recuerdos. Además, tengo amigos que solo utilizan los grupos de whatsapp parar hacer reír. En resumen, grandes amigos que no alimentan este fin del mundo. 

- He comido con mis padres, los tres solos, un lunes. Sin prisas y mostrando las preocupaciones con un halo de templanza. Me he acordado de mis abuelos.  Muchísimo. Qué gente aquella, qué suerte y cuánto aprendí. 

- He visto las fortalezas de una relación, ahora en la distancia. Una solidez que difícilmente habría confiado en conseguir en pocos meses que, además, van a ser ya discontinuos. He reconocido en mi pareja a una persona responsable y maravillosa, que trabaja las 24 horas por su pueblo, con algo más de intensidad que la habitual, pero con el mismo amor que pone absolutamente a todo lo que hace. Qué suerte y qué ganas.

- He hablado conmigo misma. Me he preguntado cómo estoy. He reconocido mis logros laborales y emocionales de estos últimos meses; me he felicitado por todo, que no ha sido poco, me he dado una palmadica y he dicho "pues venga, seguimos, un poco más de batalla". Entre tanto, he desenfundado la guitarra y garabateado algunos papeles. Qué lujo.

Está claro que esto es complicado y que, por bien que salga, ya vamos a perder demasiado. Pero una vez que uno da todo lo que tiene, no le queda más que ser paciente (esa es otra, cuánta rapidez en este mundo y para qué) y ser optimista (rozando si es necesaria, en ocasiones, la inocencia). Ah, y cuidarnos. No solo quedándonos en casa y gritándole a todo el mundo lo bien que nos portamos, que somos excelentes ciudadanos, sino cogiendo a los que amamos y reforzando en positivo. 

O en otras palabras: en mi casa ya estoy, ¿cantamos juntos la copla? 

"De este mundo la pena 
nunca te apure, 
que no hay mal que no acabe 
ni bien que dure". 


15 mayo, 2018

¡Pum!


Una madre que te llora por la noche
mientras finges que te has quedado dormida.
Un padre que te habla desde el cansancio
de lo fácil y lo bella que es la vida.
Una abuela que no dice una palabra
y un puñado echa de más a la comida.
Amigos que se inventan las historias
evitándote otra vez un lo sabía.
Hay promesas más allá de la frontera
donde, antes que amor, eres amiga.
Hay dos copas de vino, mil nostalgias.
Hay mil copas de vino y una vida.

Y, entre tanto, aparecen los papeles,
cual tiritas que no curan una herida.
Cien mensajes se acumulan en la entrada
esperando un compañero en la salida.
En la escala donde mides lo importante
cada agobio solo es una alternativa,
cualquier reto pasa a ser una nostalgia,
lo lógico está abierto a la inventiva.

Y haces… ¡pum! Y se acaban los silencios.
Tus verdades se convierten en mentiras.
Y haces… ¡pum! Y lo que es lo más hermoso
se convierte en causa de nuestras heridas.
Tienes nombre y es _ _ como te llamas.
Tienes nombre, por lo menos, en mi vida.
Si merezco convertirme en lo innombrable,
Por amor, esta condena es merecida.

Y hago… ¡pum! Y mi espejo hecho pedazos
va tomando el sabor de la caída,
repartiendo en cada trozo en que te cuelas
el amor y la sonrisa decidida.
Que un ya está, un pum, un hasta hoy…
cuando el alma y la conciencia están tranquilas,
cuando has sido exactamente lo que eres
y no has sido una cosa parecida,
cuando crees que el mundo está para cambiarlo,
que no has dado una batalla por perdida,
que levantas la bandera en la que crees…
es amar el espejo en que te miras.

Es la una y mi madre aún no ha llegado.
A las cuatro, hay café repasa-vidas.
Tengo sueño, no he dormido, estoy cansada.

Pero hay alguien preparando la comida.

28 febrero, 2018

Emociones de Portugal: La sencillez

Cuanto más sencillez, menos errores.

Y para qué complicar la vida, me digo.

Y para qué complicarla.




14 septiembre, 2017

Emociones de Portugal: La memoria.

Al fin y al cabo, solo somos memoria.

Somos las personas en las que pensamos, los días que no olvidamos, las canciones que tatareamos, las cosas que aprendemos.

Somos la suma de nuestros recuerdos, pues en ellos está lo que somos y lo que hemos olvidado, renunciando a ser.

A veces, somos el alejarse para echar de menos. Para tener memoria.

09 agosto, 2017

Emociones de Portugal: La libertad

Siendo como habría de ser innecesario, la mujer se ve en la necesidad de demostrar que es libre, no solo abriendo las jaulas que siempre estuvieron cerradas sino siendo libre cuando las puertas están abiertas.

Libre de conciencia. Libre por justicia. Libre al saltarse el paso lógico o al escogerlo.

Y, en una hora de vuelo, mis ojos y mis manos, para la libertad. 

O al escogerlo, me digo.

Toc, toc. Soy la Libertad y te he llamado a la puerta.  

Como siempre, irresponsable. Y ahora que estoy también un poco atrapada aquí, eu sei que não se ama sozinho.

Y qué es ser libre si no elegir y dejar de serlo en lo que se te va la vida. 


La frase: La libertad de corazón es la mayor de todas (Camilo Castelo Branco). 

La imagen: 

Museo de Fotografía de Oporto, antigua cárcel 

El sonido: 


Para la libertad, Serrat

01 agosto, 2017

Emociones de Portugal

Los viajes pueden narrarse o ilustrarse, pueden fotografiarse o pueden vivirse. Pueden ser o no ser un viaje. Porque viajar no es siempre hacerlo. Porque un verdadero viaje, como diría Saramago, no termina jamás.

En efecto, yo no terminé mi viaje, pero os quiero contar estos dos meses en los que el viajero podrá terminar pero el viaje ya no podrá hacerlo. No solo porque me queden días en estos paisajes de Portugal y entre estas gentes, sino porque mi viaje ha estado lleno de emociones y sensaciones  que han calado en mí como yo en ellas.

Podría contaros mi viaje por orden cronológico, por las ciudades visitadas, por los monumentos, con las mejores fotos, con los mejores bares, con el sitio conocido, con lo que he podido aprender, con los que quiero que estén y, con los que estando, no están.  Pero este viaje, siendo estancia y no viaje, solo puedo contároslo a través de emociones; emociones de soledad, de libertad, de memoria, de sensibilidad, de apoyo, de felicidad. Las emociones que te hacen crecer y te hacen entender cuál es tu Viaje.


Y ya sabéis que nuestro Viaje no acaba jamás. 




La frase: El viaje no termina jamás. Solo los viajeros terminan. Y también ellos pueden subsistir en memoria, en recuerdo, en narración... El objetivo de un viaje es solo el inicio de otro viaje (Saramago). 

La imagen: 

Oporto, 2017


El sonido: 

Pájaros de Portugal, Sabina