El horno encendido, buscando para el rescoldo la
temperatura exacta. Parece que la leña, con la humedad de anoche, no pone las
cosas demasiado fáciles, pero la prisa la hemos dejado en casa. Bastante ha
trabajado ya este año, me digo. Las tortas de Pascua aún no parecen haber
crecido lo suficiente, pero la abuela dice que tienen buena pinta, lo que casi
siempre es una inequívoca señal. Entre tanto, añadimos la manteca a los
pasteles, para poco después empezar con esos debates que verdaderamente
trascienden: “yo le echaba un poco más de mistela”, dice mi tío. La abuela no
lo ve claro.
Me toca amasar, que los brazos están cansados, y los kilos empiezan a ser demasiados para tantos años. “Recoge bien la harina de los lados, que no se quede nada en el barreño”, dice la abuela con ese halo de sabiduría popular que nunca encontré en los papeles. Y una se esmera, simulando ser una profesional, pecando de preguntona y haciéndose una idea de cómo sería aquello unos años antes, en alguna sierra cercana, con los vecinos arrimándose al horno, celebrando la Navidad de los Santos a la Candelaria.
“Os habéis pasado de pasteles”, dice mi madre. Y nos echa una mano, mientras tres generaciones se reparten, nunca mejor dicho, el pastel, y también el hueco en la mesa; demasiado cerca para estos tiempos, dicen. Entre tanto, el horno espera las tortas que, calientes bajo el tendío, empiezan a coger posición y color, mientras se les lava la cara y se endulza su exterior, y todo, por instantes, comienza a acelerarse, porque el momento es exactamente ahora. Entonces, en una especie de ritual, la abuela mete las tortas al horno, mientras mis ojos se asoman, tan expectantes por el futuro próximo, que olvido las fotos para inmortalizar el instante, como esas cosas que una no apunta en la agenda porque tiene claro que no olvidaría jamás.
La sensación de la tierra me espera. Y mientras el horno moruno hace su trabajo, me siento en el suelo, aprovechando el caballón que abrigaba la acequia. Cuánto tiempo hacía que el tiempo no era lento, me digo. Muy pronto, vienen los recuerdos de otra Pascua, cuando al llegar a casa del abuelo, cualquiera de los dos decía “vamos a echar un rato”, y el otro no hacía más que acompañar los cantos de esta tierra y de aquellos tiempos. Y si era domingo, enfundábamos y desenfundábamos los instrumentos como entrada y salida del 205 del abuelo, que aquel día nos llevaría, quizás, a Vélez, al Cabezo, o Dios sabe adónde, pero allí la alegría, y en ningún sitio, la pena. Y al llegar a casa, a ayudar con los preparativos, que luego vienen tíos y primos, y todos estamos cansados después de toda una noche de casa en casa, comiendo y cantando como si esta felicidad fuese eterna.
Esta Navidad va a ser especialmente triste, me digo.
Pero mi padre sube el camino, seguramente, buscando algo caliente en la puerta del horno. Y por el trote diría que ahora sí que respira mejor que bien, y que está por recuperar el mes del año perdido. Vaya tiempos.
“Esto ya está”, dice mi tío. Y las tortas no se han despedido del horno, cuando ya han tenido algún tropiezo. “Habrá que probarlas a ver si han salido buenas”, se ríe, porque esta parte del ritual sí que la conocemos todos bien. “Están algo morenas”, apunta la abuela, que siempre tiene algo que decir. Y mientras ella balancea la cabeza buscando algún otro defecto, yo le pego un bocado que me sabe a gloria. Entre tanto, tarareo los recuerdos, y el soniquete de los cantos de Pascuas viene del cielo poniendo la banda sonora. “Son las mejores tortas que me he comido en mi vida”, les digo. Y les digo la verdad, mientras ellos siguen calculando alguna posible mejora.
Yo, continúo alimentando cuerpo y alma, mientras le doy gracias a la vida en cada bocado. Entre tanto, y con la esperanza de que falten aún muchos años, imagino cómo contar a otros esta receta, que tan bien suena y sabe. Después de todo, el horno debe seguir encendido. Y esta forma de Navidad será, por siempre, la nuestra.
Me toca amasar, que los brazos están cansados, y los kilos empiezan a ser demasiados para tantos años. “Recoge bien la harina de los lados, que no se quede nada en el barreño”, dice la abuela con ese halo de sabiduría popular que nunca encontré en los papeles. Y una se esmera, simulando ser una profesional, pecando de preguntona y haciéndose una idea de cómo sería aquello unos años antes, en alguna sierra cercana, con los vecinos arrimándose al horno, celebrando la Navidad de los Santos a la Candelaria.
“Os habéis pasado de pasteles”, dice mi madre. Y nos echa una mano, mientras tres generaciones se reparten, nunca mejor dicho, el pastel, y también el hueco en la mesa; demasiado cerca para estos tiempos, dicen. Entre tanto, el horno espera las tortas que, calientes bajo el tendío, empiezan a coger posición y color, mientras se les lava la cara y se endulza su exterior, y todo, por instantes, comienza a acelerarse, porque el momento es exactamente ahora. Entonces, en una especie de ritual, la abuela mete las tortas al horno, mientras mis ojos se asoman, tan expectantes por el futuro próximo, que olvido las fotos para inmortalizar el instante, como esas cosas que una no apunta en la agenda porque tiene claro que no olvidaría jamás.
La sensación de la tierra me espera. Y mientras el horno moruno hace su trabajo, me siento en el suelo, aprovechando el caballón que abrigaba la acequia. Cuánto tiempo hacía que el tiempo no era lento, me digo. Muy pronto, vienen los recuerdos de otra Pascua, cuando al llegar a casa del abuelo, cualquiera de los dos decía “vamos a echar un rato”, y el otro no hacía más que acompañar los cantos de esta tierra y de aquellos tiempos. Y si era domingo, enfundábamos y desenfundábamos los instrumentos como entrada y salida del 205 del abuelo, que aquel día nos llevaría, quizás, a Vélez, al Cabezo, o Dios sabe adónde, pero allí la alegría, y en ningún sitio, la pena. Y al llegar a casa, a ayudar con los preparativos, que luego vienen tíos y primos, y todos estamos cansados después de toda una noche de casa en casa, comiendo y cantando como si esta felicidad fuese eterna.
Esta Navidad va a ser especialmente triste, me digo.
Pero mi padre sube el camino, seguramente, buscando algo caliente en la puerta del horno. Y por el trote diría que ahora sí que respira mejor que bien, y que está por recuperar el mes del año perdido. Vaya tiempos.
“Esto ya está”, dice mi tío. Y las tortas no se han despedido del horno, cuando ya han tenido algún tropiezo. “Habrá que probarlas a ver si han salido buenas”, se ríe, porque esta parte del ritual sí que la conocemos todos bien. “Están algo morenas”, apunta la abuela, que siempre tiene algo que decir. Y mientras ella balancea la cabeza buscando algún otro defecto, yo le pego un bocado que me sabe a gloria. Entre tanto, tarareo los recuerdos, y el soniquete de los cantos de Pascuas viene del cielo poniendo la banda sonora. “Son las mejores tortas que me he comido en mi vida”, les digo. Y les digo la verdad, mientras ellos siguen calculando alguna posible mejora.
Yo, continúo alimentando cuerpo y alma, mientras le doy gracias a la vida en cada bocado. Entre tanto, y con la esperanza de que falten aún muchos años, imagino cómo contar a otros esta receta, que tan bien suena y sabe. Después de todo, el horno debe seguir encendido. Y esta forma de Navidad será, por siempre, la nuestra.
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