Escribes los versos
12 septiembre, 2011
Y sueñas.
Escribes los versos
30 agosto, 2011
27 agosto, 2011
Desconocidos.
Mamá siempre me dijo que había que tener cuidado con los desconocidos. Aún recuerdo la primera vez que me transmitió esa idea.
Era domingo y fuimos al parque junto a papá. Por entonces, yo debía de tener unos dos años; y quería saberlo todo a toda costa, como si el tiempo se me acabara ahí mismo. Me encantaba sentarme en zonas de tierra, las que se libraban del césped artificial del parque del que era mi pueblo; y juguetear con los “bichos” que deambulaban por aquella tierra: buscar sus ojos, ponerlos con las patas hacia arriba, contar sus alas, encontrar diferencias...
Cada uno, según papá, tenía su nombre, ¡y algunos dos!. Por poner un ejemplo, la hormiga, aparte de llamarse hormiga, se llamaba insecto; e insecto era casi todo... ¡y todos eran “bichos”! Pensaba, en aquellos años, que era excesiva la riqueza lingüística del español; como excesivos eran los conocimientos de mi padre sobre Biología. Fue ahí cuando mi madre me dijo: “no le toques a lo que no conozcas”.
Yo ya sabía bien lo que era una hormiga, un escarabajo, una avispa... pero había de otros cientos que no tenía ni la más remota idea de cómo se llamaban. Por eso, cada vez que iba al parque, preguntaba a papá el nombre de cada uno de los simpáticos “bichos” que aparecían. Mi intención estaba clara: conocerlos todos para poder tocarlos sin desafiar a mi madre, y llevar a cabo la habitual inspección.
Aun así, como decía mi madre, había que tener cuidado con los desconocidos, pues nunca se sabía.
No me fascinaba ir al colegio porque me idea de colegio quedaba totalmente relacionada con el montón de libros que siempre portaba mi hermana. Y yo, que tenía tantas y tantas cosas más importantes que hacer, no estaba dispuesta a pasar por ahí. Mi madre me animaba diciéndome que allí podría hacer montones de amigos. En mi ingenuidad, me preguntaba si aquellos ya no eran desconocidos, como los “bichos” del parque; pero, desde luego, mi madre habría de tener razón porque la única conocida era doña Clara, la maestra, y con ella no era posible ningún tipo de amistad.
Conforme transcurrían los años, mi madre se preocupa progresivamente. En cierta ocasión, la escuché comentar con una amiga su inquietud por mi comportamiento. En plena adolescencia, pasaba las tardes y las noches en mi cuarto, encerrada. Mi madre pensaba que mucho tenía que ver la reclusión con las redes sociales que aparecían en la pantalla del ordenador. Y en ellas -me recordaba cada vez que existía la posibilidad- había demasiados desconocidos. Sin embargo, aquello poco me importaba.
Yo vivía para leer, releer y volver a leer. Por la época en que tenía quince años, mi ídolo era Kafka. Tanto, que llegué a convertirlo en parte de mi propia existencia cuando cada noche, antes de caer en un sueño profundo que se me repetía incansablemente, imaginaba que a la mañana siguiente me habría transformado en un insecto, con patas y alas, y que sería una verdadera desconocida. Lo que estaba claro es que los libros no me podían morder, ni engañar (salvo que yo misma quisiera), ni hacerme daño. Así que, en aquel momento, me parecía una respuesta acertada frente a la infinitud de adversidades que existían más allá de los umbrales de la puerta de mi habitación.
Un año más tarde, a los dieciséis, apareció en mi vida Pablo. Le conocí de casualidad, en la consulta del dentista al que visitaba mensualmente para reparar aquellos torcidos dientes que caracterizaban a toda mi familia. No tenía por costumbre establecer relaciones gratuitamente, pero recuerdo que, a la espera de la llamada de aquella poco agradable enfermera con quien contaba el dentista, cruzamos alguna palabra. Al levantarse de su asiento cuando llegó su turno, a Pablo le cayeron del bolsillo un par de monedas que aterrizaron en el suelo; una de las cuales, rindiendo honor a su forma, rodó hasta mis pies. Observé la moneda, miré a Pablo y, seguidamente, hacia el frente. Entonces sacándome de aquel desentendimiento en el que yo misma había decido entrar, Pablo se acercó diciéndome: “¡Hola, soy Pablo! ¿Te importaría darme mi moneda?”.
Y en aquello que tenía el aspecto de ser tan absurdo, encontré tres palabras mágicas: “Hola, soy Pablo”, me dijo. Nadie hasta entonces me había saludado señalando su nombre sin antes preguntar el mío. Curiosamente, se parecía mucho a mi padre: en sus ojos verdes grisáceos, su pelo marrón anillado, y hasta en su forma de andar o de mirar.
Comencé allí la única relación sentimental de mi adolescencia que durará prácticamente hasta hoy que aún rememoro aquel Pablo educado, atrevido y directo en mis peores días.
Iba al cine de verano en su compañía, tomábamos un helado: él su tarrina de stracciattela, que representaba la novedad; y yo, cómo no, mi clásico limón granizado por no arriesgar en novedades.
Paseábamos a la orilla del mar cuando conseguía traspasar los controles injustificados de mi madre; y jugábamos a imaginar qué había más allá, apostando cada cual por aquello con lo que cada cual soñaba: una isla de las golosinas que aún nos encantaban, o un mundo perfecto. (...)04 agosto, 2011
Acentos.
Dame esa tilde
escapada de la atonalidad de estos tiempos
átonos – y atómicos-,
donde no se escribe en esdrújulas
por miedo a adelantarse
de aquellos que, aun hoy,
sin tildes,
zanganean en atontada armonía
de pentagramas no quebrados
ni en notas agudas.
Dame también ese punto
necesario a aquella áurea consigna
del mundo,
que anotaron y publicaron
con la tinta de de la reticencia
en eterna elipsis retenida
- por aristocráticos resabios,
y verdades insatisfechas-.
Y yo te daré mi último vocativo
para que, cuando encuentres
esa tilde y ese punto,
y puedas gritar alto
sobre la atónica atonía de las verdades insatisfechas,
sepas llamarme...
y, tras el punto y aparte,
pongamos nuestra coma.
18 abril, 2011
Cuestión de género.
Hemos avanzado mucho y en no mucho tiempo. Hoy por hoy, las mujeres somos personas independientes con derechos sobre nuestras propiedades, posibilidad de voto y de ocupación de cargos políticos. Las mujeres estudiamos, nos formamos y somos capaces –gracias a ello- a acceder a puestos profesionalmente prestigiosos. Las mujeres pedimos el divorcio, trabajamos fuera de casa, salimos (aun casadas) con nuestras amigas. Y no nos sentimos culpables, ni distintas. O, al menos, algunas de nosotras.
No obstante, yace todavía en nuestra sociedad un trasfondo difícilmente eliminable. Trasfondo naturalmente incomprensible, pero históricamente razonable. Y es que pesan mucho sobre nuestras espaldas los siglos de androcentrismo firme y rígido que se han desarrollado antes de que la Historia fuese Historia – y haciéndolo-.
Explicar por qué el mundo es androcéntrico es algo que, por distintas vertientes, se ha intentado llevar a cabo apuntando a la supuesta mayor fortaleza física del varón o la debilidad sentimental de la mujer, por poner algún ejemplo. Cierto es que, desde ese punto de vista, incluso yo podría comprender ciertos repartos de tareas que, explicados desde la Psicología, serían capaces de apoyarse en algo con fundamento. La Psicología (mediante estudios) ha señalado que el hombre destaca en habilidades distintas a las habilidades en las que destaca la mujer. Por ejemplo, los varones controlan mejor ciertas tareas espaciales y la mayor parte de razonamientos matemáticos, mientras que las mujeres poseen más fluidez verbal y velocidad en la percepción. Es un hecho.
Sin embargo, afirmar que la división por sexos (o mejor, por géneros) se sustenta en razones exclusivamente biológico-genéticas es condenarnos a aceptar la situación actual y, consecuentemente, toda la serie de desigualdades que lleva implícitas.
Ciertamente, no son las explicaciones psicológicas lo que más influye en la concepción actual. Es más fuerte el sentido de la educación recibida (formal o no) y que acaba moldeando las que son nuestras acciones.
El estudio sobre esa desigualdad, que es una realidad que nos absorbe, no parece encontrar el final, puesto que un buen estudio debería tener también una parte pragmática y utilitaria significativa, cosa ésta que no acaba de hacerse patente. Los cambios porcentuales en la ocupación de cargos importantes continúan siendo ridículos y, lo que es aun más peligroso, los hábitos y los comportamientos (mucho más cualitativos que cuantitativos) siguen inclinándose, negativamente, hacia el lado de la mujer. Todos (hombres y mujeres) acabamos respondiendo a un sentir general que no es ahora cuando se ha creado pero prosigue siendo cosa de estos tiempos.
Según Ferguson (2003), “Juliet Mitchell (1974) fue posiblemente la primera teórica feminista de la “segunda ola” del movimiento de mujeres que realizó una relectura del psicoanálisis como teoría de la construcción social del género en el seno de la institución de la familia patriarcal”. La teoría de esta mujer nace de una interpretación de Freud pasada por el influjo de Lacan. Así, “Según esta teoría, todos los niños y niñas deben acceder al lenguaje a través de la crisis del complejo de Edipo, tras la cual el género califica necesariamente la subjetividad de los humanos como masculina o femenina. Se presupone que quienes ocupan la posición masculina poseen el falo, el cual les asigna simbólicamente un estatus privilegiado en la atribución de significado”. Indudablemente, a partir de una división sexual, se crea una división de género aun más aguda.
Lo que también debería ser obvio -y no lo suele ser- es que la división que se produce es para ambos; es decir, los dos géneros quedan separados y estereotipados. Ello significa que no tan solo afecta al femenino sino también al género masculino. “Los chicos no lloran” y quieren hacerlo, en ocasiones.
Según Del Amo (2009) “cuando todavía no se ha cumplido un siglo desde que la Real Orden de 8 de marzo de 1910 reconoció el derecho de las españolas que deseaban cursar estudios universitarios a matricularse libremente en todos los centros de enseñanza oficial, las mujeres representan hoy más de la mitad de los estudiantes universitarios y suponen el 60,9% de los graduados”. Es un dato importante y positivo. No obstante, hay que mirar mucho más allá, en la ocupación futura de esas mujeres, en las carreras escogidas, y en el reconocimiento al desempeño profesional.
Hace no tantos años Pilar Primo de Rivera, mujer machista donde las haya y creadora de Sección Femenina de la Falange Española, se atrevió a afirmar que "Las mujeres nunca descubren nada; les falta, desde luego, el talento creador, reservado por Dios para inteligencias varoniles; nosotras no podemos hacer nada más que interpretar, mejor o peor, lo que los hombres nos dan hecho".
Luchar contra esa lastra que mujeres como éstas han ido haciendo perpetuar no es sencillo, desde luego, cuando nuestros bisabuelos fueron coetáneos a tan espléndida generación. Sin embargo, puede servir de impulso para aunar las fuerzas, y para constatar lo irracional del machismo y las formas de pensamiento, aún androcéntricas, que perviven en nuestra sociedad.
Porque luego surgen otros asuntos con el paso del tiempo; o resurgen, siendo correctos con el lenguaje. La homosexualidad rompe barreras y, claro, a ver dónde lo encajamos. Ni hombre ni mujer. Ni uno ni otro género. Algo falla. Entonces... por qué no, “anormal”, enfermo. Claro, es que igual lo que falla son los géneros, la construcción artificial. Igual los géneros habrían de ser un pelín más heterogéneos, o no ser, quién sabe.
Es el trabajo pendiente, y no sólo el de la mujer.
Bibliografía:
- Del Amo, M.C. (2009). La educación de las mujeres en España: de la “amiga” a la Universidad. CEE Participación Educativa, 11, 8-22.
- Ferguson, A. (2003). Psicoanálisis y feminismo. Anuario de Psicología, 34 (2), 163-176.
13 marzo, 2011
Hoy he visitado tu tumba. Ver tu foto encuadrada, y junto a ellas las letras que ponen tu nombre, omitiendo las tildes que te merecías. Observar al lado mi poesía, que ahora y siempre será tuya, pues casi tuyo es todo lo que tengo.
Hoy he visitado tu tumba, pidiendo audiencia a los recuerdos. Soy gran parte lo que eras: obstinado, protestón, luchador… Y ahora también soy gran parte de lo que tú no eras: el elemento solitario de la pareja que formábamos, la nieta sin abuelo.
Hoy he visitado tu tumba, y no sé por qué lo hice. Reconozco que no fue por visitarte, ni por contentar a nadie (como, en ocasiones, sabes que hago), ni tan siquiera fue por un hábito que no establezco, ni porque lo necesitaras.
Hoy he visitado tu tumba. Sentí el impulso de destrozarla, mientras otros comprobaban cómo estaba todo colocado, limpio, impoluto. Sentí el impulso de romper aquello que me impedía estar junto a ti, y contemplar aquella sonrisa que tan solo tú me regalabas, y oír la voz con la que tú tan solo me llamabas, y me cantabas, y me aconsejabas.
Hoy he visitado tu tumba. Se me enturbió la mirada, se me empañaron los ojos. Noté la impotencia que me causa tu ausencia, porque supe que no estabas allí. Tú no eras carne, ni huesos, ni órganos, ni músculos. Tú no eras ni imagen, ni fotografía, ni nombre, ni letras. No te gustaban las flores, ni las visitas serias. Tú no estabas allí, y no te he visitado.
Por ello te escribo ahora, sentada en la mesa donde tú lo hacías, donde me escribiste los versos más bonitos del mundo, donde me dejaste la esencia de lo que verdaderamente eras. Lloraste por mí hasta el último momento, pero también sonreíste cuando yo te sonreía.
Han pasado casi tres meses, y hoy he visitado tu tumba. Créeme, yo te tengo guardo en lugar mucho más importante, más colorido, y mucho más gratificante. Créeme, digan lo que digan, estoy segura de que te quiero.
15 febrero, 2011
La ley estatal
(...) Debía entrar. La mujer se encontraba apoyada en la pared al final del pasillo. Piel morena, cabello ondulado aun más oscuro, ojos grandes y achinados.
- Hola- dijo Natha-. Perdona el retraso.
Tan solo se trataba de cinco minutos pero él era un obseso de la puntualidad, un cumplidor en su trabajo.
- No te preocupes- y añadió:- la noche es larga.
Había escuchado cientos de frases, miles de respuestas; pero ninguna como aquella. “La noche es larga”, había dicho. Y, ¿para qué una noche larga?
Natha conocía demasiado bien el procedimiento, mas aquí había algo distinto. Siempre tuvo que ser él quien hiciera caer a la mujer sobre la cama, quien le quitara la ropa, quien le besara el cuello -rodeándolo, como algo mecánico-, quien la excitara. En ocasiones, había tenido que consolarlas. Ocurría cuando lloraban temerosas, sobrepasadas por el miedo, por no saber qué hacer cuando él les bajaba con cuidado sus bragas. Temblaban por la reacción del cuerpo ante lo desconocido, por la ansiedad y por la ignorancia. Tiritaban sin frío. Vibraban sus piernas, sus brazos, su vientre. Palpitaban; pero lo hacían por el pánico, por la duda. Jamás por el deseo, por la pasión, por la fogosidad reprimida o el ímpetu humano que, si bien natural, les era desconocido.
No comprendía aquella absurda ley estatal que, personalmente, le estaba propiciando beneficios; pero que hacía sentirse ultrajadas, humilladas, manipuladas… a todas las mujeres que, aún vírgenes, lo llamaban, justo antes de su matrimonio, retrasando el momento.
- ¿A qué esperas?- preguntó Soledad mirándolo fijamente.
No esperaba, porque era consciente de que no tenía sentido hacerlo. Pero pensaba, no lo podía evitar. Llevaba dos semanas haciéndolo cada vez que debía comenzar el trabajo, en cada ocasión que había de utilizar su miembro viril sobre un cuerpo femenino, más o menos agraciado, pero que no era el de ella.
Se tumbó al lado de la mujer creando una simetría imperfecta pero necesaria. La miró, pero en realidad no la miraba. La besó. Pero, ciertamente, no la besaba. La acarició. Pero, verdaderamente, no la acariciaba. Como el peluquero que realiza el corte sin fijarse en los perfiles de la cara. Como el sastre que cose el traje sin tomar medidas. Como el guitarrista que toca sin afinar las cuerdas de su instrumento. Todo lo hacía sin pasión, sin amor a su oficio; curiosamente, la profesión que más amor necesitaba.
Ya bastaba. Pasó de los preliminares. Superpuso su cuerpo al de la mujer. Encontró el punto de apoyo sobre sus rodillas y sus manos, cerradas en puño sobre el colchón de la cama. La besó. Volvió a besarla. Sintió las manos de la mujer ascender por sus piernas flexionadas, llegó a sus nalgas.
- Lo siento, me voy- dijo Natha, saltando de la cama y deshaciéndose de las suaves manos que le tocaban.
Le había vuelto a ocurrir. No había sido capaz de olvidarla. (...)