Se miraba al espejo y podía constatar lo moreno de su pelo, la escasa talla de su cuerpo, la sonrisa malgastada en las tristezas pasajeras. Era capaz de distinguir sus dos brazos, sus dos piernas, su abultada barriga agradecida de la comida rápida americana; e incluso, si la vista no le fallaba esta vez, aquel lunar cada vez de dimensiones mayores en su brazo izquierdo siempre su abuela confundió con algún tipo de insecto al que intentaba borrar del mapa. Su tobillo derecho, rodeado de una escueta pulsera de bisutería, se encontraba tatuado. Sin embargo, Clara no sería la abuela de dragones, hadas o estrellas que representarían a la perfección sus compañeras de Facultad, sino que caminaría marcada por el fuego de la locura: el de un tubo de escape.
Sin embargo, por más que revisaba y examinaba su organismo con aquella alta inspección propia de su mirada, no encontraba ninguna señal, marca alguna, ni tan siquiera un leve gesto que le indicaran qué sería de su futuro. No estaba segura; pero pensaba que, al igual que en una operación matemática era incluso más importante el resultado que los procedimiento aplicados, su futuro debería ser más visible que lo miembros de su cuerpo. Sería como una sombra clara e imborrable en el espejo que contemplaba, que tan sólo habría que buscar con esmero. De poco servía lo que Clara era ahora mismo, con sus veintitrés primaveras, cuestionándose ante un espejo. Defendía la idea de que todos deberíamos tener el derecho a conocer el transcurso de los días que sobrevienen, aprovechándolos o desaprovechándolos según las circunstancias o las apetencias. Era demasiado triste el no conocer el mañana.
Seguía contemplando la marca de la locura del tubo de escape.
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