29 julio, 2010

El cabello acaracolado

Tendría que vestirse rápido. Como todas las mañanas, el transporte público la esperaba; aunque decir que la esperaba era exactamente eso, un decir. Paradojas de la vida, a pesar de que sus padres habían rechazado la idea de que su hija estudiase en una universidad pública a la que su glorioso expediente le permitía acceder, había de soportar diariamente un apiñamiento de almas desangeladas, desubicadas, que se hacinaban entre las cuatro latas de aquel autobús de tonos anaranjados.

Nunca entendió el porqué de que sus progenitores decidieran trasladarla a la capital y, además, a un sitio tan caro. No eran precisamente millonarios, ni tampoco contaban con ningún conocido en la Universidad, ni tan siquiera Periodismo poseía un prestigio demasiado deslumbrante en aquella institución. Ella sólo sabía que a su padre le brillaban los ojos cada vez que hablaba de su hija, que explicaba que estaba en Madrid, y que conocía a las hijas de Rajoy (lo que, en realidad, no acababa de ser cierto, pues tan sólo coincidió con éstas en el acto de clausura del curso académico anterior). Por otro lado, a Amparo, su madre, se le dibujaba una sonrisa desorbitante en el rostro, se le agudizaban las facciones de su cara e, inclusive, se le acaracolaba el cabello cuando sus amigas en la hora del café magnificaban la elegancia y la belleza de Clara.

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