Voy de camino a la casa, donde te abrazaré y mañana podré felicitarte el día. Voy de camino a la casa después de haber disfrutado de esta ciudad de Granada que cada vez me parece más hermosa, entre este mundo continuamente más feo.
No le digas a mamá que me encanta, que recorrería mil veces sus calles, que me sentaría en todos sus bancos, que en un rinconcico me haría un hueco para quedarme durante un buen rato. No se lo digas a mamá, ya la conoces, pensará que no tengo ganas de verla, que no volveré a pisar mi pueblo, tu pueblo, mi casa, la suya.
Voy de camino, y pienso en que mañana es tu día, en que mañana es el Día del Padre; y yo aquí, en la primera línea de este autobús, sin haberte comprado nada.
Aún conservas encima de la mesilla ese lapicero de barro que te regalé cuando todavía no levantaba dos palmos del suelo. Aún recuerdas, de cuando en cuando, cuando rompimos la cama pegando unos botes dominicales que resultaron ser demasiados. O cuando no quería ponerme la servilleta para comer, o cuando te conté que mamá le había dado mi dinero a un hombre asomado a una ventanilla. Ya entonces, ciertas cosas no las entendía.
Yo recuerdo cuando me enseñaste a leer, siendo un maestro exigente pero eficaz, como me gusta. Recuerdo cómo me sorprendiste reviviendo a una avispa ahogada en la pila del patio, simulando un entierro con resurrección que, aún hoy, no acabo de comprender.
Cuando corríamos por la casa, cantando, para fastidiar a mamá. Quizás porque nunca lo comprendió, seguimos haciéndolo. Así somos.
Recuerdo todas las veces en que me dijiste lo dura que es la vida, todas las veces que lamenté tu mala suerte, la de los genios perdidos. Pero tú siempre fuerte, afanoso, talentoso... como la gente grande.
Te recuerdo emocionado en los momentos en los que me premiaron mis esfuerzos, orgulloso de una hija que, tal vez, sería el reflejo de lo que tú pudiste haber sido. Siempre me encantó darte esa satisfacción.
Hoy, es cierto, no te he comprado nada. Sin embargo, creo que es la primera vez en la vida que te digo lo importante que eres. A veces, son necesarios veinte años para comprender algunas cosas: para saber escuchar, callar y hablar, conformarse con lo que tienes, pero luchar por lo que puedes.
Ahora, que ya tengo los veinte años, soy capaz de darme cuenta de todo lo que se me escapaba todas esas veces que balanceabas la cabeza ante alguna intervención desacertada. Y yo sin comprender; yo, que me creía tan lista.
Todo el mundo tiene un padre; lo conozcan, o no. Casi todos estarán orgullosos de él porque es su padre, porque un padre es parte de lo que eres, y otra parte de lo que podrías haber sido. Yo también estoy orgullosa de mi padre por esos motivos.
Sin embargo, sé que puede que lo esté un poco más, porque eres de las personas a la que hubiese admirado y querido si no hubieses sido mi padre. Quizás, sea porque a los dos nos gusta ser independientes pero ser unidos. Tal vez, porque me has enseñado a darle a cada circunstancia la importancia que merece, eso que tanta falta me hacía. Puede ser que sea porque nos entendemos sin decir palabra, o porque podemos hablar de cualquier cosa. Porque amas la vida, porque arriesgas, y porque ganas. O porque eres mi padre.
Te quiero, papá.