El otro día me decía un alumno que a él le gustaban los toros, pero vivos; y yo pensaba que qué razón. Y, después, que él creía que los catalanes hacían cosas muy bien hechas y que solo tenían fama de ahorradores. Me contaba que su hermana era racista porque los moros no le gustaban. Y, aunque creo saber que el adjetivo estaba ligeramente aplicado, cómo me encanta oírlo decir, después, que no lo entiende porque todos, todos somos personas.
Me pedía que le contara historias de cuadros. Que por qué se asustaba el hombre de El grito, de Munch, que le contara más misterios de Las Meninas. Que yo debía saber porque había leído mucho. Y luego que qué era aquello de la poligamia, de los pedófilos, que con quiénes hacían el amor. Casi me hace, con doce años, sacar el diccionario y alguna que otra intimidad. Pero y qué si podíamos aprender juntos, si me decía que Franco era malo porque mataba a la gente... Qué de todas las complicaciones si sé que es una persona inteligente que puede hacer mucho por el mundo sean cuales sean los números que aparezcan en su boletín de notas.
Cuando regañamos porque no saben los subgéneros narrativos, cuando les recriminamos no saber el origen de la literatura, o cuál es la 3.ª persona del pretérito pluscuamperfecto del verbo "cantar", estamos perdiendo la oportunidad de hacerlos personas. Tengo el fiel convencimiento de que este muchacho aprenderá esto y mucho más cuando comprenda que el conocimiento es apasionante y que en el mundo tiene mucho que aprender y hacer.
Siempre he compartido la idea que el otro día me recordaba mi amigo Emilio. Me hablaba de necesidad de gente con menos notas y más espíritu crítico. Y no me lo pude tomar como algo personal porque sé que lleva más razón que un santo. El espíritu crítico se forma leyendo y conversando, preguntando los porqués, escuchando las respuestas de otro y construyendo las tuyas.
Yo no voy a ser quien le quite a un alma inquieta el derecho a pensar. Porque, aunque me cueste algún tirón de orejas y algún desengaño, no hay nada más maravilloso y gratificante que ver los ojos brillantes por el descubrimiento de un niño.